El mundo entró en una crisis sin precedentes. La pandemia del coronavirus se extiende alrededor del mundo, y en algunos países aumenta exponencialmente el número de infectados. Las medidas de aislamiento social que se están tomando alrededor del mundo tienen un altísimo costo económico. El cierre de fronteras, la suspensión de actividades, y el resto de las medidas, impactan de manera directa sobre la actividad económica.

El coronavirus para la economía puede resultar letal. En el inicio de la última semana, cuando ya era evidente que se trataba de una pandemia, el rendimiento del bono del Tesoro de los Estados Unidos cayó de golpe en la apertura, a un nivel mínimo histórico, y el precio del petróleo, influenciado también por una disputa interna entre países de la OPEP, abrió con una caída del 35%. Luego, la caída generalizada en precios de acciones y bonos alrededor del mundo, evidencia la perspectiva de los inversores acerca de una recesión global, consecuencia del freno abrupto a la economía que plantea el avance del virus. Los canales de contagio económico entre países ocurren a través de los mercados financieros, y los vínculos comerciales. En el primer caso, el contagio es más inmediato, y anticipa lo que en la economía real ocurre después. Lo cierto es que un disparador, la aparición de un cisne negro, desató una situación de pánico global, y los precios de los activos no encuentran un piso.

La última vez que la Argentina enfrentó un hecho de similares características, aunque disparado por otro motivo, fue en el año 2008, con la aparición de la crisis financiera global, generada a partir de lo que se conoció como crisis subprime. En aquel momento el disparador fue otro cisne negro, la explosión de una burbuja hipotecaria en los Estados Unidos, pero las consecuencias financieras primero y económicas después, muy similares a lo que ocurre en la actualidad. Sin embargo, en aquel momento la economía argentina logró una rápida reacción y encontró el antídoto en la contracíclica receta keynesiana. Frente al impacto proveniente del exterior que empujaba a la economía a una profunda recesión, se pusieron en marcha una serie de políticas expansivas que lograron poner freno y revertir rápidamente la caída. Tanto fue así, que tras un derrumbe de casi 6% en 2009, se observó un crecimiento en torno al 10% al año siguiente, en 2010. Si bien la mayoría de los países del mundo manifestaron una recuperación, en aquel entonces la tasa de crecimiento de la argentina resultó por encima del promedio regional. En aquel entonces se adoptaron rápidamente un conjunto de medidas de corte contracíclico, utilizando el recientemente obtenido Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de ANSES, como recursos del Tesoro Nacional, para inyectar dinero a la economía, tanto por el lado de la demanda como de la oferta. En coordinación con esto el Ministerio de Trabajo lanzó el programa de recuperación productiva (REPRO), con el fin de evitar despidos masivos de trabajadores como consecuencia del impacto recesivo. Un caso emblemático resultó el de la automotriz General Motors, multinacional de capitales norteamericanos, cuya filial argentina anunció que por el impacto de la crisis internacional suspendería el proyecto Viva, que planteaba la fabricación de vehículos de baja cilindrada con autopartes de origen local. La respuesta del gobierno en aquel entonces fue otorgar un préstamo de ANSES por US$ 70 millones, para sostener el proyecto y evitar el despido de 2500 trabajadores. El éxito al final del camino posibilitó la devolución total del préstamo por parte de la compañía en noviembre de 2010. El sector de la industria que más fuerte impulsó el crecimiento fue principalmente el automotriz, con una suba en 2010 de 40,6%. La economía argentina por aquel entonces transitaba un recorrido de desendeudamiento, la inflación era aún baja, y las cuentas fiscales y externas estaban equilibradas, y con resultados superavitarios.

La situación actual de la economía argentina es completamente diferente. Como consecuencia de la política económica de los últimos cuatro años, la concentración de fuertes vencimientos de deuda en el corto plazo, la urgente necesidad de reestructurar esta deuda, el riesgo de un default inminente, el fuerte desequilibrio fiscal, la delicada situación de un frágil sistema financiero, montado en altísimas tasas de interés, y la dinámica recesiva e inflacionaria, dejan a la economía argentina en esta oportunidad contra las cuerdas, y con casi nula capacidad de reacción. Se requerirá de mucho ingenio para poder adoptar medidas de carácter contracíclico, con la herencia de tantas limitaciones internas.

Todo lo vinculado a la reestructuración de la deuda argentina deja de tener sentido en este contexto. Se anunció, con el riesgo país en 3545 puntos básicos, la postergación del anuncio de las condiciones de la oferta para el mes de abril. Lo cierto, es que dependerá de los acontecimientos cuando se retome el asunto de la deuda. Esto pone a la Argentina al borde del default, pero ahora en un contexto internacional, donde pasaría prácticamente desapercibido. El nocivo impacto económico del default, quedaría diluido frente al terrible impacto sobre la economía argentina del shock externo.

Las medidas restrictivas anunciadas por el momento se irán fortaleciendo a medida que transcurran los días, lo cual resultará dramático para la economía, pero no hay alternativa a la vista. La única forma de evitar la dispersión del virus, según los expertos, es el aislamiento social.

El pánico domina la escena, y los individuos se han volcado masivamente a comercios para cubrirse con alimentos y otros productos esenciales, previendo el asilamiento masivo, y un posible desabasteciemiento. Estas reacciones llevan aparejadas la lógica de la profecía autocumplida. El propio comportamiento genera el desabastecimiento. Asimismo, los precios han vuelto a tomar una preocupante dinámica de aceleración. El gobierno intenta contener la situación con más regulación y controles, pero se hace muy difícil en un contexto de caos y descontrol.

La semana pasada se dio a conocer el dato de inflación mayorista, con un 2,3% de inflación mensual, lo cual hubiese sido una buena noticia, ya que marca una importante desaceleración, pero en este contexto paso casi inadvertido. A partir del pánico generalizado, y las góndolas vacías, se registraron aumentos de precios de entre el 20% y el 40% en productos alimenticios y de higiene, sólo en la última semana. El presidente Fernández declaró haber ordenado a AFIP, y otros organismos estatales de control trabajar para retrotraer los precios a sus niveles previos, veremos como funciona esto en el marco de esta crisis.

Por el momento, mientras se intenta controlar el avance y a dispersión social del virus, la economía se va frenando más y más, los indicadores lo reflejarán en las próximas semanas. La capacidad de reacción, desde el punto de vista económico, es muy limitada. Por ahora, la prioridad es la salud pública.