Fratelli Tutti: texto completo de la tercera encíclica de Francisco

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Reproducimos el texto completo

CARTA ENCÍCLICA FRATELLI TUTTI DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE LA FRATERNIDAD Y LA AMISTAD SOCIAL

1. «Fratelli tutti»,1 escribía san Francisco de Asís para dirigirse  a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de  vida con sabor a Evangelio. De esos consejos quiero destacar uno  donde invita a un amor que va más allá de las barreras de la  geografía y del espacio. Allí declara feliz a quien ame al otro «tanto  a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a  él».2 Con estas pocas y sencillas palabras expresó lo esencial de  una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a  cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del  universo donde haya nacido o donde habite. 

2. Este santo del amor fraterno, de la sencillez y de la alegría,  que me inspiró a escribir la encíclica Laudato si’, vuelve a  motivarme para dedicar esta nueva encíclica a la fraternidad y a la  amistad social. Porque San Francisco, que se sentía hermano del  sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran  de su propia carne. Sembró paz por todas partes y caminó cerca  de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los  descartados, de los últimos.

SIN FRONTERAS 

3. Hay un episodio de su vida que nos muestra su corazón sin  confines, capaz de ir más allá de las distancias de procedencia,  nacionalidad, color o religión. Es su visita al Sultán Malik-el-Kamil,  en Egipto, que significó para él un gran esfuerzo debido a su  pobreza, a los pocos recursos que tenía, a la distancia y a las  diferencias de idioma, cultura y religión. Este viaje, en aquel  momento histórico marcado por las cruzadas, mostraba aún más la  grandeza del amor tan amplio que quería vivir, deseoso de abrazar a  todos. La fidelidad a su Señor era proporcional a su amor a los  hermanos y a las hermanas. Sin desconocer las dificultades y  peligros, san Francisco fue al encuentro del Sultán con la misma  actitud que pedía a sus discípulos: que sin negar su identidad,  cuando fueran «entre sarracenos y otros infieles […] no promuevan  disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana  criatura por Dios».3 En aquel contexto era un pedido extraordinario.  Nos impresiona que ochocientos años atrás Francisco invitara a  evitar toda forma de agresión o contienda y también a vivir un  humilde y fraterno “sometimiento”, incluso ante quienes no  compartían su fe. 

4. Él no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas, sino  que comunicaba el amor de Dios. Había entendido qu «Dios es  amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn  4,16). De ese modo fue un padre fecundo que despertó el sueño de  una sociedad fraterna, porque «sólo el hombre que acepta  acercarse a otros seres en su movimiento propio, no para retenerlos  en el suyo, sino para ayudarles a ser más ellos mismos, se hace  realmente padre».4 En aquel mundo plagado de torreones de  vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras  sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían  las zonas miserables de las periferias excluidas. Allí Francisco  acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de  dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir  en armonía con todos. Él ha motivado estas páginas. 

5. Las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad  social han estado siempre entre mis preocupaciones. Durante los  últimos años me he referido a ellas reiteradas veces y en diversos  lugares. Quise recoger en esta encíclica muchas de esas  intervenciones situándolas en un contexto más amplio de reflexión.  Además, si en la redacción de la Laudato si’ tuve una fuente de  inspiración en mi hermano Bartolomé, el Patriarca ortodoxo que  propuso con mucha fuerza el cuidado de la creación, en este caso  me sentí especialmente estimulado por el Gran Imán Ahmad Al Tayyeb, con quien me encontré en Abu Dabi para recordar que Dios  «ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los  deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como  hermanos entre ellos».5 No se trató de un mero acto diplomático  sino de una reflexión hecha en diálogo y de un compromiso  conjunto. Esta encíclica recoge y desarrolla grandes temas  planteados en aquel documento que firmamos juntos. También  acogí aquí, con mi propio lenguaje, numerosas cartas y documentos  con reflexiones que recibí de tantas personas y grupos de todo el  mundo. 

6. Las siguientes páginas no pretenden resumir la doctrina  sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en  su apertura a todos. Entrego esta encíclica social como un humilde  aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de  eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un  nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en  las palabras. Si bien la escribí desde mis convicciones cristianas,  que me alientan y me nutren, he procurado hacerlo de tal manera  que la reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena  voluntad. 

7. Asimismo, cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de  manera inesperada la pandemia de Covid-19 que dejó al  descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas  respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la  incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar  hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil  resolver los problemas que nos afectan a todos. Si alguien cree que  sólo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas  ya existentes, está negando la realidad.

8. Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo  la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre  todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un  hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa  aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita  una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos  ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es  soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en  los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos».6  Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la  misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos  cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus  convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos.

CAPITULO PRIMERO  

LAS SOMBRAS  DE UN MUNDO CERRADO  

9. Sin pretender realizar un análisis exhaustivo ni poner en  consideración todos los aspectos de la realidad que vivimos,  propongo sólo estar atentos ante algunas tendencias del mundo  actual que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal. 

SUEÑOS QUE SE ROMPEN EN PEDAZOS 

10. Durante décadas parecía que el mundo había aprendido de  tantas guerras y fracasos y se dirigía lentamente hacia diversas  formas de integración. Por ejemplo, avanzó el sueño de una Europa  unida, capaz de reconocer raíces comunes y de alegrarse con la  diversidad que la habita. Recordemos «la firme convicción de los  Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un  futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las  divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los  pueblos del continente».7 También tomó fuerza el anhelo de una  integración latinoamericana y comenzaron a darse algunos pasos.  En otros países y regiones hubo intentos de pacificación y  acercamientos que lograron frutos y otros que parecían  promisorios.

11. Pero la historia da muestras de estar volviendo atrás. Se  encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados,  resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y  agresivos. En varios países una idea de la unidad del pueblo y de la  nación, penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de  egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una  supuesta defensa de los intereses nacionales. Lo que nos recuerda  que «cada generación ha de hacer suyas las luchas y los logros de  las generaciones pasadas y llevarlas a metas más altas aún. Es el  camino. El bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad,  no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados  cada día. No es posible conformarse con lo que ya se ha  conseguido en el pasado e instalarse, y disfrutarlo como si esa  situación nos llevara a desconocer que todavía muchos hermanos  nuestros sufren situaciones de injusticia que nos reclaman a  todos».8 

12. “Abrirse al mundo” es una expresión que hoy ha sido  cooptada por la economía y las finanzas. Se refiere exclusivamente  a la apertura a los intereses extranjeros o a la libertad de los  poderes económicos para invertir sin trabas ni complicaciones en  todos los países. Los conflictos locales y el desinterés por el bien  común son instrumentalizados por la economía global para imponer  un modelo cultural único. Esta cultura unifica al mundo pero divide a  las personas y a las naciones, porque «la sociedad cada vez más  globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos».9  Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace  prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión  comunitaria de la existencia. Hay más bien mercados, donde las  personas cumplen roles de consumidores o de espectadores. El  avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de  los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las  identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más  vulnerables y dependientes. De este modo la política se vuelve cada  vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que  aplican el “divide y reinarás”.

El fin de la conciencia histórica 

13. Por eso mismo se alienta también una pérdida del sentido  de la historia que disgrega todavía más. Se advierte la penetración  cultural de una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad  humana pretende construirlo todo desde cero. Deja en pie  únicamente la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de  muchas formas de individualismo sin contenidos. En esta línea se  situaba un consejo que di a los jóvenes: «Si una persona les hace  una propuesta y les dice que ignoren la historia, que no recojan la  experiencia de los mayores, que desprecien todo lo pasado y que  sólo miren el futuro que ella les ofrece, ¿no es una forma fácil de  atraparlos con su propuesta para que solamente hagan lo que ella  les dice? Esa persona los necesita vacíos, desarraigados,  desconfiados de todo, para que sólo confíen en sus promesas y se  sometan a sus planes. Así funcionan las ideologías de distintos  colores, que destruyen —o de-construyen— todo lo que sea  diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. Para esto  necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la  riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de  las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido».10 

14. Son las nuevas formas de colonización cultural. No nos  olvidemos que «los pueblos que enajenan su tradición, y por manía  imitativa, violencia impositiva, imperdonable negligencia o apatía,  toleran que se les arrebate el alma, pierden, junto con su fisonomía  espiritual, su consistencia moral y, finalmente, su independencia  ideológica, económica y política».11 Un modo eficaz de licuar la  conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y  los caminos de integración es vaciar de sentido o manipular las  grandes palabras. ¿Qué significan hoy algunas expresiones como  democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y  desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación,  como títulos vacíos de contenido que pueden servir para justificar  cualquier acción. 

SIN UN PROYECTO PARA TODOS 

15. La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es  sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun  disfrazada detrás de la defensa de algunos valores. Hoy en muchos  países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y  polarizar. Por diversos caminos se niega a otros el derecho a existir  y a opinar, y para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos,  sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus  valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la  prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión  sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el  bien común, sino sólo recetas inmediatistas de marketing que  encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este  juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado  hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación. 

16. En esta pugna de intereses que nos enfrenta a todos contra todos, donde vencer pasa a ser sinónimo de destruir, ¿cómo es posible  levantar la cabeza para reconocer al vecino o para ponerse al lado  del que está caído en el camino? Un proyecto con grandes  objetivos para el desarrollo de toda la humanidad hoy suena a  delirio. Aumentan las distancias entre nosotros, y la marcha dura y  lenta hacia un mundo unido y más justo sufre un nuevo y drástico  retroceso. 

17. Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a  nosotros mismos. Pero necesitamos constituirnos en un “nosotros”  que habita la casa común. Ese cuidado no interesa a los poderes  económicos que necesitan un rédito rápido. Frecuentemente las  voces que se levantan para la defensa del medio ambiente son  acalladas o ridiculizadas, disfrazando de racionalidad lo que son  sólo intereses particulares. En esta cultura que estamos gestando,  vacía, inmediatista y sin un proyecto común, «es previsible que,  ante el agotamiento de algunos recursos, se vaya creando un  escenario favorable para nuevas guerras, disfrazadas detrás de  nobles reivindicaciones».12 

El descarte mundial 

18. Partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio  de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir  sin límites. En el fondo «no se considera ya a las personas como un  valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son  pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no  nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—. Nos hemos  hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro, comenzando por  el de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos».13 

19. La falta de hijos, que provoca un envejecimiento de las  poblaciones, junto con el abandono de los ancianos a una dolorosa  soledad, es un modo sutil de expresar que todo termina con  nosotros, que sólo cuentan nuestros intereses individuales. Así,  «objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos,  sino con frecuencia los mismos seres humanos».14 Vimos lo que  sucedió con las personas mayores en algunos lugares del mundo a  causa del coronavirus. No tenían que morir así. Pero en realidad  algo semejante ya había ocurrido a causa de olas de calor y en  otras circunstancias: cruelmente descartados. No advertimos que  aislar a los ancianos y abandonarlos a cargo de otros sin un  adecuado y cercano acompañamiento de la familia, mutila y  empobrece a la misma familia. Además, termina privando a los  jóvenes de ese necesario contacto con sus raíces y con una  sabiduría que la juventud por sí sola no puede alcanzar. 

20. Este descarte se expresa de múltiples maneras, como en la  obsesión por reducir los costos laborales, que no advierte las  graves consecuencias que esto ocasiona, porque el desempleo que  se produce tiene como efecto directo expandir las fronteras de la  pobreza.15 El descarte, además, asume formas miserables que  creíamos superadas, como el racismo, que se esconde y reaparece  una y otra vez. Las expresiones de racismo vuelven a  avergonzarnos demostrando así que los supuestos avances de la  sociedad no son tan reales ni están asegurados para siempre. 

21. Hay reglas económicas que resultaron eficaces para el  crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral.16  Aumentó la riqueza, pero con inequidad, y así lo que ocurre es que  «nacen nuevas pobrezas».17 Cuando dicen que el mundo moderno  redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas  no comparables con la realidad actual. Porque en otros tiempos,  por ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era  considerado un signo de pobreza ni generaba angustia. La pobreza  siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades  reales de un momento histórico concreto. 

Derechos humanos no suficientemente universales 

22. Muchas veces se percibe que, de hecho, los derechos  humanos no son iguales para todos. El respeto de estos derechos  «es condición previa para el mismo desarrollo social y económico  de un país. Cuando se respeta la dignidad del hombre, y sus  derechos son reconocidos y tutelados, florece también la  creatividad y el ingenio, y la personalidad humana puede desplegar  sus múltiples iniciativas en favor del bien común».18 Pero  «observando con atención nuestras sociedades contemporáneas,  encontramos numerosas contradicciones que nos llevan a  preguntarnos si verdaderamente la igual dignidad de todos los  seres humanos, proclamada solemnemente hace 70 años, es  reconocida, respetada, protegida y promovida en todas las  circunstancias. En el mundo de hoy persisten numerosas formas de  injusticia, nutridas por visiones antropológicas reductivas y por un  modelo económico basado en las ganancias, que no duda en  explotar, descartar e incluso matar al hombre. Mientras una parte  de la humanidad vive en opulencia, otra parte ve su propia dignidad  desconocida, despreciada o pisoteada y sus derechos  fundamentales ignorados o violados».19 ¿Qué dice esto acerca de la  igualdad de derechos fundada en la misma dignidad humana? 

23. De modo semejante, la organización de las sociedades en  todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las  mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos  derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las  decisiones y la realidad gritan otro mensaje. Es un hecho que  «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de  exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se  encuentran con menores posibilidades de defender sus  derechos».20 

24. Reconozcamos igualmente que, «a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner  fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias  estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de  personas —niños, hombres y mujeres de todas las edades— privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a  la esclavitud. […] Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se  encuentra una concepción de la persona humana que admite que  pueda ser tratada como un objeto. […] La persona humana, creada  a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad,  mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el  engaño o la constricción física o psicológica; es tratada como un  medio y no como un fin». Las redes criminales «utilizan hábilmente  las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y  niños en todas las partes del mundo».21 La aberración no tiene  límites cuando se somete a mujeres, luego forzadas a abortar. Un  acto abominable que llega incluso al secuestro con el fin de vender  sus órganos. Esto convierte a la trata de personas y a otras formas  actuales de esclavitud en un problema mundial que necesita ser  tomado en serio por la humanidad en su conjunto, porque «como  las organizaciones criminales utilizan redes globales para lograr sus  objetivos, la acción para derrotar a este fenómeno requiere un  esfuerzo conjunto y también global por parte de los diferentes  agentes que conforman la sociedad».22 

Conflicto y miedo 

25. Guerras, atentados, persecuciones por motivos raciales o  religiosos, y tantas afrentas contra la dignidad humana se juzgan de  diversas maneras según convengan o no a determinados intereses,  fundamentalmente económicos. Lo que es verdad cuando conviene  a un poderoso deja de serlo cuando ya no le beneficia. Estas  situaciones de violencia van «multiplicándose dolorosamente en  muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que  podría llamar una “tercera guerra mundial en etapas”».23 

26. Esto no llama la atención si advertimos la ausencia de  horizontes que nos congreguen, porque en toda guerra lo que  aparece en ruinas es «el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en  la vocación de la familia humana», por lo que «cualquier situación  de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue».24 Así, nuestro  mundo avanza en una dicotomía sin sentido con la pretensión de  «garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad  sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza».25 

27. Paradójicamente, hay miedos ancestrales que no han sido  superados por el desarrollo tecnológico; es más, han sabido  esconderse y potenciarse detrás de nuevas tecnologías. Aun hoy,  detrás de la muralla de la antigua ciudad está el abismo, el territorio  de lo desconocido, el desierto. Lo que proceda de allí no es  confiable porque no es conocido, no es familiar, no pertenece a la  aldea. Es el territorio de lo “bárbaro”, del cual hay que defenderse a  costa de lo que sea. Por consiguiente, se crean nuevas barreras  para la autopreservación, de manera que deja de existir el mundo y  únicamente existe “mi” mundo, hasta el punto de que muchos dejan  de ser considerados seres humanos con una dignidad inalienable y  pasan a ser sólo “ellos”. Reaparece «la tentación de hacer una  cultura de muros, de levantar muros, muros en el corazón, muros en  la tierra para evitar este encuentro con otras culturas, con otras  personas. Y cualquiera que levante un muro, quien construya un  muro, terminará siendo un esclavo dentro de los muros que ha  construido, sin horizontes. Porque le falta esta alteridad».26 

28. La soledad, los miedos y la inseguridad de tantas personas  que se sienten abandonadas por el sistema, hacen que se vaya  creando un terreno fértil para las mafias. Porque ellas se afirman  presentándose como “protectoras” de los olvidados, muchas veces  a través de diversas ayudas, mientras persiguen sus intereses  criminales. Hay una pedagogía típicamente mafiosa que, con una  falsa mística comunitaria, crea lazos de dependencia y de  subordinación de los que es muy difícil liberarse.

GLOBALIZACIÓN Y PROGRESO SIN UN RUMBO COMÚN 

29. Con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb no ignoramos los  avances positivos que se dieron en la ciencia, la tecnología, la  medicina, la industria y el bienestar, sobre todo en los países  desarrollados. No obstante, «subrayamos que, junto a tales  progresos históricos, grandes y valiosos, se constata un deterioro  de la ética, que condiciona la acción internacional, y un  debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de  responsabilidad. Todo eso contribuye a que se difunda una  sensación general de frustración, de soledad y de desesperación.  […] Nacen focos de tensión y se acumulan armas y municiones, en  una situación mundial dominada por la incertidumbre, la desilusión  y el miedo al futuro y controlada por intereses económicos miopes».  También señalamos «las fuertes crisis políticas, la injusticia y la falta  de una distribución equitativa de los recursos naturales. […] Con  respecto a las crisis que llevan a la muerte a millones de niños,  reducidos ya a esqueletos humanos —a causa de la pobreza y del  hambre—, reina un silencio internacional inaceptable».27 Ante este  panorama, si bien nos cautivan muchos avances, no advertimos un  rumbo realmente humano. 30. En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una  misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la  justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo  impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una  profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una  ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que  estamos todos en la misma barca. Este desengaño que deja atrás  los grandes valores fraternos lleva «a una especie de cinismo. Esta  es la tentación que nosotros tenemos delante, si vamos por este  camino de la desilusión o de la decepción. […] El aislamiento y la  cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el  camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que  es la cercanía, la cultura del encuentro. El aislamiento, no; cercanía,  sí. Cultura del enfrentamiento, no; cultura del encuentro, sí».28

31. En este mundo que corre sin un rumbo común, se respira  una atmósfera donde «la distancia entre la obsesión por el propio  bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta  tal punto que da la impresión de que se está produciendo un  verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. […]  Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy  diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida  en común que hay que buscar y cultivar juntos».29 Avanza la  tecnología sin pausa, pero «¡qué bonito sería si al crecimiento de las  innovaciones científicas y tecnológicas correspondiera también una  equidad y una inclusión social cada vez mayores! ¡Qué bonito sería  que a medida que descubrimos nuevos planetas lejanos,  volviéramos a descubrir las necesidades del hermano o de la  hermana en órbita alrededor de mí!».30

LAS PANDEMIAS Y OTROS FLAGELOS DE LA HISTORIA 

32. Es verdad que una tragedia global como la pandemia de  Covid-19 despertó durante un tiempo la consciencia de ser una  comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal  de uno perjudica a todos. Recordamos que nadie se salva solo, que  únicamente es posible salvarse juntos. Por eso dije que «la  tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al  descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que  habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas  y prioridades. […] Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos  estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre  pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez  más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni  queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos».31 

33. El mundo avanzaba de manera implacable hacia una  economía que, utilizando los avances tecnológicos, procuraba  reducir los “costos humanos”, y algunos pretendían hacernos creer  que bastaba la libertad de mercado para que todo estuviera  asegurado. Pero el golpe duro e inesperado de esta pandemia fuera  de control obligó por la fuerza a volver a pensar en los seres  humanos, en todos, más que en el beneficio de algunos. Hoy  podemos reconocer que «nos hemos alimentado con sueños de  esplendor y grandeza y hemos terminado comiendo distracción,  encierro y soledad; nos hemos empachado de conexiones y hemos  perdido el sabor de la fraternidad. Hemos buscado el resultado  rápido y seguro y nos vemos abrumados por la impaciencia y la  ansiedad. Presos de la virtualidad hemos perdido el gusto y el sabor  de la realidad».32 El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia  de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el  llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la  organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de  nuestra existencia. 34. Si todo está conectado, es difícil pensar que este desastre  mundial no tenga relación con nuestro modo de enfrentar la  realidad, pretendiendo ser señores absolutos de la propia vida y de  todo lo que existe. No quiero decir que se trata de una suerte de  castigo divino. Tampoco bastaría afirmar que el daño causado a la  naturaleza termina cobrándose nuestros atropellos. Es la realidad  misma que gime y se rebela. Viene a la mente el célebre verso del  poeta Virgilio que evoca las lágrimas de las cosas o de la historia.33

35. Pero olvidamos rápidamente las lecciones de la historia,  «maestra de vida».34 Pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería  la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de  autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”,  sino sólo un “nosotros”. Ojalá no se trate de otro episodio severo de  la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no  nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de  respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud  desmantelados año tras año. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que  demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos  definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los  otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas  las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos  creado. 

36. Si no logramos recuperar la pasión compartida por una  comunidad de pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar  tiempo, esfuerzo y bienes, la ilusión global que nos engaña se caerá  ruinosamente y dejará a muchos a merced de la náusea y el vacío.  Además, no se debería ignorar ingenuamente que «la obsesión por  un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos  puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción  recíproca».35 El “sálvese quien pueda” se traducirá rápidamente en  el “todos contra todos”, y eso será peor que una pandemia. 

SIN DIGNIDAD HUMANA EN LAS FRONTERAS 

37. Tanto desde algunos regímenes políticos populistas como  desde planteamientos económicos liberales, se sostiene que hay  que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes. Al mismo  tiempo se argumenta que conviene limitar la ayuda a los países  pobres, de modo que toquen fondo y decidan tomar medidas de  austeridad. No se advierte que, detrás de estas afirmaciones  abstractas difíciles de sostener, hay muchas vidas que se  desgarran. Muchos escapan de la guerra, de persecuciones, de  catástrofes naturales. Otros, con todo derecho, «buscan  oportunidades para ellos y para sus familias. Sueñan con un futuro  mejor y desean crear las condiciones para que se haga realidad».36

38. Lamentablemente, otros son «atraídos por la cultura  occidental, a veces con expectativas poco realistas que los  exponen a grandes desilusiones. Traficantes sin escrúpulos, a  menudo vinculados a los cárteles de la droga y de las armas,  explotan la situación de debilidad de los inmigrantes, que a lo largo  de su viaje con demasiada frecuencia experimentan la violencia, la  trata de personas, el abuso psicológico y físico, y sufrimientos  indescriptibles».37 Los que emigran «tienen que separarse de su  propio contexto de origen y con frecuencia viven un desarraigo  cultural y religioso. La fractura también concierne a las  comunidades de origen, que pierden a los elementos más vigorosos  y Pero olvidamos rápidamente las lecciones de la historia, «maestra  de vida».34 Pasada la crisis sanitaria, la peor reacción sería la de  caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de  autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”,  sino sólo un “nosotros”. Ojalá no se trate de otro episodio severo de  la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no  nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de  respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud  desmantelados año tras año. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que  demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos  definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los  otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas  las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos  creado.

39. Para colmo «en algunos países de llegada, los fenómenos  migratorios suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y  explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad  xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma».40 Los  migrantes no son considerados suficientemente dignos para  participar en la vida social como cualquier otro, y se olvida que  tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona. Por lo  tanto, deben ser «protagonistas de su propio rescate».41 Nunca se  dirá que no son humanos pero, en la práctica, con las decisiones y  el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos  valiosos, menos importantes, menos humanos. Es inaceptable que  los cristianos compartan esta mentalidad y estas actitudes,  haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por  encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable  dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o  religión, y la ley suprema del amor fraterno. 

40. «Las migraciones constituirán un elemento determinante  del futuro del mundo».42 Pero hoy están afectadas por una «pérdida  de ese “sentido de la responsabilidad fraterna”, sobre el que se  basa toda sociedad civil».43 Europa, por ejemplo, corre serios  riesgos de ir por esa senda. Sin embargo, «inspirándose en su gran  patrimonio cultural y religioso, tiene los instrumentos necesarios  para defender la centralidad de la persona humana y encontrar un  justo equilibrio entre el deber moral de tutelar los derechos de sus  ciudadanos, por una parte, y, por otra, el de garantizar la asistencia  y la acogida de los emigrantes».44

41. Comprendo que ante las personas migrantes algunos  tengan dudas y sientan temores. Lo entiendo como parte del  instinto natural de autodefensa. Pero también es verdad que una  persona y un pueblo sólo son fecundos si saben integrar  creativamente en su interior la apertura a los otros. Invito a ir más  allá de esas reacciones primarias, porque «el problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan  nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos  en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso  racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de  encuentro con el otro».45

LA ILUSIÓN DE LA COMUNICACIÓN 

42. Paradójicamente, mientras se desarrollan actitudes  cerradas e intolerantes que nos clausuran ante los otros, se acortan  o desaparecen las distancias hasta el punto de que deja de existir el  derecho a la intimidad. Todo se convierte en una especie de  espectáculo que puede ser espiado, vigilado, y la vida se expone a  un control constante. En la comunicación digital se quiere mostrar  todo y cada individuo se convierte en objeto de miradas que  hurgan, desnudan y divulgan, frecuentemente de manera anónima.  El respeto al otro se hace pedazos y, de esa manera, al mismo  tiempo que lo desplazo, lo ignoro y lo mantengo lejos, sin pudor  alguno puedo invadir su vida hasta el extremo.

43. Por otra parte, los movimientos digitales de odio y  destrucción no constituyen —como algunos pretenden hacer  creer— una forma adecuada de cuidado grupal, sino meras  asociaciones contra un enemigo. En cambio, «los medios de  comunicación digitales pueden exponer al riesgo de dependencia,  de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de  relaciones interpersonales auténticas».46 Hacen falta gestos físicos,  expresiones del rostro, silencios, lenguaje corporal, y hasta el  perfume, el temblor de las manos, el rubor, la transpiración, porque  todo eso habla y forma parte de la comunicación humana. Las  relaciones digitales, que eximen del laborioso cultivo de una  amistad, de una reciprocidad estable, e incluso de un consenso que  madura con el tiempo, tienen apariencia de sociabilidad. No  construyen verdaderamente un “nosotros” sino que suelen disimular  y amplificar el mismo individualismo que se expresa en la xenofobia  y en el desprecio de los débiles. La conexión digital no basta para  tender puentes, no alcanza para unir a la humanidad.

Agresividad sin pudor 

44. Al mismo tiempo que las personas preservan su  aislamiento consumista y cómodo, eligen una vinculación constante  y febril. Esto favorece la ebullición de formas insólitas de  agresividad, de insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos  verbales hasta destrozar la figura del otro, en un desenfreno que no  podría existir en el contacto cuerpo a cuerpo sin que termináramos  destruyéndonos entre todos. La agresividad social encuentra en los  dispositivos móviles y ordenadores un espacio de ampliación sin  igual.

45. Ello ha permitido que las ideologías pierdan todo pudor. Lo  que hasta hace pocos años no podía ser dicho por alguien sin el  riesgo de perder el respeto de todo el mundo, hoy puede ser  expresado con toda crudeza aun por algunas autoridades políticas  y permanecer impune. No cabe ignorar que «en el mundo digital  están en juego ingentes intereses económicos, capaces de realizar  formas de control tan sutiles como invasivas, creando mecanismos  de manipulación de las conciencias y del proceso democrático. El  funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por  favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo  modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos  circuitos cerrados facilitan la difusión de informaciones y noticias  falsas, fomentando prejuicios y odios».47

46. Conviene reconocer que los fanatismos que llevan a  destruir a otros son protagonizados también por personas  religiosas, sin excluir a los cristianos, que «pueden formar parte de  redes de violencia verbal a través de internet y de los diversos foros  o espacios de intercambio digital. Aun en medios católicos se  pueden perder los límites, se suelen naturalizar la difamación y la  calumnia, y parece quedar fuera toda ética y respeto por la fama  ajena».48 ¿Qué se aporta así a la fraternidad que el Padre común nos propone? 

Información sin sabiduría 

47. La verdadera sabiduría supone el encuentro con la realidad.  Pero hoy todo se puede producir, disimular, alterar. Esto hace que  el encuentro directo con los límites de la realidad se vuelva  intolerable. Como consecuencia, se opera un mecanismo de  “selección” y se crea el hábito de separar inmediatamente lo que  me gusta de lo que no me gusta, lo atractivo de lo feo. Con la  misma lógica se eligen las personas con las que uno decide  compartir el mundo. Así las personas o situaciones que herían  nuestra sensibilidad o nos provocaban desagrado hoy  sencillamente son eliminadas en las redes virtuales, construyendo  un círculo virtual que nos aísla del entorno en el que vivimos. 

48. El sentarse a escuchar a otro, característico de un  encuentro humano, es un paradigma de actitud receptiva, de quien  supera el narcisismo y recibe al otro, le presta atención, lo acoge en  el propio círculo. Pero «el mundo de hoy es en su mayoría un  mundo sordo. […] A veces la velocidad del mundo moderno, lo  frenético nos impide escuchar bien lo que dice otra persona. Y  cuando está a la mitad de su diálogo, ya lo interrumpimos y le  queremos contestar cuando todavía no terminó de decir. No hay  que perder la capacidad de escucha». San Francisco de Asís  «escuchó la voz de Dios, escuchó la voz del pobre, escuchó la voz  del enfermo, escuchó la voz de la naturaleza. Y todo eso lo  transforma en un estilo de vida. Deseo que la semilla de san  Francisco crezca en tantos corazones».49

49. Al desaparecer el silencio y la escucha, convirtiendo todo  en tecleos y mensajes rápidos y ansiosos, se pone en riesgo esta  estructura básica de una sabia comunicación humana. Se crea un  nuevo estilo de vida donde uno construye lo que quiere tener  delante, excluyendo todo aquello que no se pueda controlar o  conocer superficial e instantáneamente. Esta dinámica, por su  lógica intrínseca, impide la reflexión serena que podría llevarnos a  una sabiduría común.

50. Podemos buscar juntos la verdad en el diálogo, en la  conversación reposada o en la discusión apasionada. Es un camino  perseverante, hecho también de silencios y de sufrimientos, capaz  de recoger con paciencia la larga experiencia de las personas y de  los pueblos. El cúmulo abrumador de información que nos inunda  no significa más sabiduría. La sabiduría no se fabrica con  búsquedas ansiosas por internet, ni es una sumatoria de  información cuya veracidad no está asegurada. De ese modo no se  madura en el encuentro con la verdad. Las conversaciones  finalmente sólo giran en torno a los últimos datos, son meramente  horizontales y acumulativas. Pero no se presta una detenida  atención y no se penetra en el corazón de la vida, no se reconoce lo  que es esencial para darle un sentido a la existencia. Así, la libertad  es una ilusión que nos venden y que se confunde con la libertad de  navegar frente a una pantalla. El problema es que un camino de  fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus  libres y dispuestos a encuentros reales.

SOMETIMIENTOS Y AUTODESPRECIOS 

51. Algunos países exitosos desde el punto de vista  económico son presentados como modelos culturales para los  países poco desarrollados, en lugar de procurar que cada uno  crezca con su estilo propio, para que desarrolle sus capacidades de  innovar desde los valores de su cultura. Esta nostalgia superficial y  triste, que lleva a copiar y comprar en lugar de crear, da espacio a  una autoestima nacional muy baja. En los sectores acomodados de  muchos países pobres, y a veces en quienes han logrado salir de la  pobreza, se advierte la incapacidad de aceptar características y procesos propios, cayendo en un menosprecio de la propia  identidad cultural como si fuera la única causa de los males.

52. Destrozar la autoestima de alguien es una manera fácil de  dominarlo. Detrás de estas tendencias que buscan homogeneizar el  mundo, afloran intereses de poder que se benefician del bajo  aprecio de sí, al tiempo que, a través de los medios y de las redes  se intenta crear una nueva cultura al servicio de los más poderosos.  Esto es aprovechado por el ventajismo de la especulación financiera  y la expoliación, donde los pobres son los que siempre pierden. Por  otra parte, ignorar la cultura de un pueblo hace que muchos líderes  políticos no logren implementar un proyecto eficiente que pueda ser  libremente asumido y sostenido en el tiempo.

53. Se olvida que «no existe peor alienación que experimentar  que no se tienen raíces, que no se pertenece a nadie. Una tierra  será fecunda, un pueblo dará fruto, y podrá engendrar el día de  mañana sólo en la medida que genere relaciones de pertenencia  entre sus miembros, que cree lazos de integración entre las  generaciones y las distintas comunidades que la conforman; y  también en la medida que rompa los círculos que aturden los  sentidos alejándonos cada vez más los unos de los otros».50

ESPERANZA 

54. A pesar de estas sombras densas que no conviene ignorar,  en las próximas páginas quiero hacerme eco de tantos caminos de  esperanza. Porque Dios sigue derramando en la humanidad  semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y  valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el  miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de  reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por  personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los  acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos,  enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los  supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas,  hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios  esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas…  comprendieron que nadie se salva solo.51

55. Invito a la esperanza, que «nos habla de una realidad que  está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente  de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos  en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que  llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la  verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La  esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal,  de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el  horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más  bella y digna».52 Caminemos en esperanza.

CAPITULO SEGUNDO 

UN EXTRAÑO EN EL CAMINO 

56. Todo lo que mencioné en el capítulo anterior es más que  una aséptica descripción de la realidad, ya que «los gozos y las  esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro  tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez  gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de  Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en  su corazón».53 En el intento de buscar una luz en medio de lo que  estamos viviendo, y antes de plantear algunas líneas de acción,  propongo dedicar un capítulo a una parábola dicha por Jesucristo  hace dos mil años. Porque, si bien esta carta está dirigida a todas  las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones  religiosas, la parábola se expresa de tal manera que cualquiera de  nosotros puede dejarse interpelar por ella. 

«Un maestro de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo  a prueba: ‚Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?‛.  Jesús le preguntó a su vez: ‚Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees  en ella?‛. Él le respondió: ‚Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu  corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu  mente, y al prójimo como a ti mismo‛. Entonces Jesús le dijo: ‚Has  respondido bien; pero ahora practícalo y vivirás‛. El maestro de la  Ley, queriendo justificarse, le volvió a preguntar: ‚¿Quién es mi  prójimo?‛. Jesús tomó la palabra y dijo: ‚Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, quienes,  después de despojarlo de todo y herirlo, se fueron, dejándolo por  muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por el mismo camino,  lo vio, dio un rodeo y pasó de largo. Igual hizo un levita, que llegó al  mismo lugar, dio un rodeo y pasó de largo. En cambio, un  samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre herido  y, al verlo, se conmovió profundamente, se acercó y le vendó sus  heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su  propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo. A  la mañana siguiente le dio al dueño del albergue dos monedas de  plata y le dijo: ‘Cuídalo, y, si gastas de más, te lo pagaré a mi  regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como  prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?‛ El  maestro de la Ley respondió: ‚El que lo trató con misericordia‛.  Entonces Jesús le dijo: ‚Tienes que ir y hacer lo mismo» (Lc 10,25- 37).

EL TRASFONDO 

57. Esta parábola recoge un trasfondo de siglos. Poco  después de la narración de la creación del mundo y del ser humano,  la Biblia plantea el desafío de las relaciones entre nosotros. Caín  destruye a su hermano Abel, y resuena la pregunta de Dios:  «¿Dónde está tu hermano Abel?» (Gn 4,9). La respuesta es la misma  que frecuentemente damos nosotros: «¿Acaso yo soy guardián de  mi hermano?» (ibíd.). Al preguntar, Dios cuestiona todo tipo de  determinismo o fatalismo que pretenda justificar la indiferencia  como única respuesta posible. Nos habilita, por el contrario, a crear  una cultura diferente que nos oriente a superar las enemistades y a  cuidarnos unos a otros. 

58. El libro de Job acude al hecho de tener un mismo Creador como  base para sostener algunos derechos comunes: «¿Acaso el que me  formó en el vientre no lo formó también a él y nos modeló del  mismo modo en la matriz?» (31,15). Muchos siglos después, san  Ireneo lo expresará con la imagen de la melodía: «El amante de la  verdad no debe dejarse engañar por el intervalo particular de cada  tono, ni suponer un creador para uno y otro para otro […], sino uno  solo».54

59. En las tradiciones judías, el imperativo de amar y cuidar al  otro parecía restringirse a las relaciones entre los miembros de una  misma nación. El antiguo precepto «amarás a tu prójimo como a ti  mismo» (Lv 19,18) se entendía ordinariamente como referido a los  connacionales. Sin embargo, especialmente en el judaísmo que se  desarrolló fuera de la tierra de Israel, los confines se fueron  ampliando. Apareció la invitación a no hacer a los otros lo que no  quieres que te hagan (cf. Tb 4,15). El sabio Hillel (siglo I a. C.) decía  al respecto: «Esto es la Ley y los Profetas. Todo lo demás es  comentario».55 El deseo de imitar las actitudes divinas llevó a  superar aquella tendencia a limitarse a los más cercanos: «La  misericordia de cada persona se extiende a su prójimo, pero la  misericordia del Señor alcanza a todos los vivientes» (Si 18,13).

60. En el Nuevo Testamento, el precepto de Hillel se expresó  de modo positivo: «Traten en todo a los demás como ustedes  quieran ser tratados, porque en esto consisten la Ley y los Profetas»  (Mt 7,12). Este llamado es universal, tiende a abarcar a todos, sólo  por su condición humana, porque el Altísimo, el Padre celestial  «hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45). Como  consecuencia se reclama: «Sean misericordiosos así como el Padre  de ustedes es misericordioso» (Lc 6,36). 61. Hay una motivación para ampliar el corazón de manera que  no excluya al extranjero, que puede encontrarse ya en los textos  más antiguos de la Biblia. Se debe al constante recuerdo del pueblo  judío de haber vivido como forastero en Egipto:

«No maltratarás ni oprimirás al migrante que reside en tu territorio,  porque ustedes fueron migrantes en el país de Egipto» (Ex 22,20). «No oprimas al migrante: ustedes saben lo que es ser migrante,  porque fueron migrantes en el país de Egipto» (Ex 23,9). «Si un migrante viene a residir entre ustedes, en su tierra, no lo  opriman. El migrante residente será para ustedes como el  compatriota; lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron  migrantes en el país de Egipto» (Lv 19,33- 34). 

«Si cosechas tu viña, no vuelvas a por más uvas. Serán para el  migrante, el huérfano y la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en el  país de Egipto» (Dt 24,21-22). 

En el Nuevo Testamento resuena con fuerza el llamado al amor  fraterno: 

«Toda la Ley alcanza su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu  prójimo como a ti mismo» (Ga 5,14) 

Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero  quien aborrece a su hermano está y camina en las tinieblas» (1 Jn  2,10-11). «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida,  porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3,14). «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a  quien no ve» (1 Jn 4,20).

62. Aun esta propuesta de amor podía entenderse mal. Por  algo, frente a la tentación de las primeras comunidades cristianas  de crear grupos cerrados y aislados, san Pablo exhortaba a sus  discípulos a tener caridad entre ellos «y con todos» (1 Ts 3,12), y en  la comunidad de Juan se pedía que los hermanos fueran bien  recibidos, «incluso los que están de paso» (3 Jn 5). Este contexto  ayuda a comprender el valor de la parábola del buen samaritano: al  amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá.  Porque es el «amor que rompe las cadenas que nos aíslan y  separan, tendiendo puentes; amor que nos permite construir una  gran familia donde todos podamos sentirnos en casa. […] Amor que  sabe de compasión y de dignidad».56 

EL ABANDONADO 

63. Jesús cuenta que había un hombre herido, tirado en el  camino, que había sido asaltado. Pasaron varios a su lado pero  huyeron, no se detuvieron. Eran personas con funciones  importantes en la sociedad, que no tenían en el corazón el amor por  el bien común. No fueron capaces de perder unos minutos para  atender al herido o al menos para buscar ayuda. Uno se detuvo, le  regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también  dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo, le dio algo que  en este mundo ansioso retaceamos tanto: le dio su tiempo.  Seguramente él tenía sus planes para aprovechar aquel día según  sus necesidades, compromisos o deseos. Pero fue capaz de dejar  todo a un lado ante el herido, y sin conocerlo lo consideró digno de  dedicarle su tiempo.

64. ¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y  determinante. ¿A cuál de ellos te pareces? Nos hace falta reconocer  la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás;  especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en  muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar,  cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras  sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el  costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas  nos golpean directamente. 

65. Asaltan a una persona en la calle, y muchos escapan como  si no hubieran visto nada. Frecuentemente hay personas que  atropellan a alguien con su automóvil y huyen. Sólo les importa  evitar problemas, no les interesa si un ser humano se muere por su  culpa. Pero estos son signos de un estilo de vida generalizado, que  se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles. Además,  como todos estamos muy concentrados en nuestras propias  necesidades, ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba,  porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los  problemas ajenos. Estos son síntomas de una sociedad enferma,  porque busca construirse de espaldas al dolor.

66. Mejor no caer en esa miseria. Miremos el modelo del buen  samaritano. Es un texto que nos invita a que resurja nuestra  vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero,  constructores de un nuevo vínculo social. Es un llamado siempre  nuevo, aunque está escrito como ley fundamental de nuestro ser:  que la sociedad se encamine a la prosecución del bien común y, a  partir de esta finalidad, reconstruya una y otra vez su orden político  y social, su tejido de relaciones, su proyecto humano. Con sus  gestos, el buen samaritano reflejó que «la existencia de cada uno de  nosotros está ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que  pasa, sino tiempo de encuentro».57

67. Esta parábola es un ícono iluminador, capaz de poner de  manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para  reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta  herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra  opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre  herido en el camino. La parábola nos muestra con qué iniciativas se  puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que  hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija  una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y  rehabilitan al caído, para que el bien sea común.

Al mismo tiempo, la parábola nos advierte sobre ciertas actitudes  de personas que sólo se miran a sí mismas y no se hacen cargo de  las exigencias ineludibles de la realidad humana. 

68. El relato, digámoslo claramente, no desliza una enseñanza  de ideales abstractos, ni se circunscribe a la funcionalidad de una  moraleja ético-social. Nos revela una característica esencial del ser  humano, tantas veces olvidada: hemos sido hechos para la plenitud  que sólo se alcanza en el amor. No es una opción posible vivir  indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un  costado de la vida”. Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar  de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano.  Eso es dignidad. 

UNA HISTORIA QUE SE REPITE 

69. La narración es sencilla y lineal, pero tiene toda la dinámica  de esa lucha interna que se da en la elaboración de nuestra  identidad, en toda existencia lanzada al camino para realizar la  fraternidad humana. Puestos en camino nos chocamos,  indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy, y cada vez más, hay  heridos. La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al  costado del camino define todos los proyectos económicos,  políticos, sociales y religiosos. Enfrentamos cada día la opción de  ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo.  Y si extendemos la mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo  ancho y largo del mundo, todos somos o hemos sido como estos  personajes: todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo  de los que pasan de largo y algo del buen samaritano.

70. Es notable cómo las diferencias de los personajes del relato  quedan totalmente transformadas al confrontarse con la dolorosa  manifestación del caído, del humillado. Ya no hay distinción entre  habitante de Judea y habitante de Samaría, no hay sacerdote ni  comerciante; simplemente hay dos tipos de personas: las que se  hacen cargo del dolor y las que pasan de largo; las que se inclinan  reconociendo al caído y las que distraen su mirada y aceleran el  paso. En efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos  inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos  inclinaremos para cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío presente, al que no hemos de tenerle miedo. En  los momentos de crisis la opción se vuelve acuciante: podríamos  decir que, en este momento, todo el que no es salteador o todo el  que no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo sobre sus  hombros a algún herido.

71. La historia del buen samaritano se repite: se torna cada vez  más visible que la desidia social y política hace de muchos lugares  de nuestro mundo un camino desolado, donde las disputas internas  e internacionales y los saqueos de oportunidades dejan a tantos  marginados, tirados a un costado del camino. En su parábola,  Jesús no plantea vías alternativas, como ¿qué hubiera sido de aquel  malherido o del que lo ayudó, si la ira o la sed de venganza hubieran  ganado espacio en sus corazones? Él confía en lo mejor del espíritu  humano y con la parábola lo alienta a que se adhiera al amor,  reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre.

LOS PERSONAJES 

72. La parábola comienza con los salteadores. El punto de  partida que elige Jesús es un asalto ya consumado. No hace que  nos detengamos a lamentar el hecho, no dirige nuestra mirada hacia  los salteadores. Los conocemos. Hemos visto avanzar en el mundo  las densas sombras del abandono, de la violencia utilizada con  mezquinos intereses de poder, acumulación y división. La pregunta  podría ser: ¿Dejaremos tirado al que está lastimado para correr  cada uno a guarecerse de la violencia o a perseguir a los ladrones?  ¿Será el herido la justificación de nuestras divisiones  irreconciliables, de nuestras indiferencias crueles, de nuestros  enfrentamientos internos?

73. Luego la parábola nos hace poner la mirada claramente en  los que pasan de largo. Esta peligrosa indiferencia de no detenerse,  inocente o no, producto del desprecio o de una triste distracción,  hace de los personajes del sacerdote y del levita un no menos triste  reflejo de esa distancia cercenadora que se pone frente a la  realidad. Hay muchas maneras de pasar de largo que se  complementan: una es ensimismarse, desentenderse de los demás,  ser indiferentes. Otra sería sólo mirar hacia afuera. Respecto a esta  última manera de pasar de largo, en algunos países, o en ciertos  sectores de estos, hay un desprecio de los pobres y de su cultura, y  un vivir con la mirada puesta hacia fuera, como si un proyecto de  país importado intentara forzar su lugar. Así se puede justificar la  indiferencia de algunos, porque aquellos que podrían tocarles el  corazón con sus reclamos simplemente no existen. Están fuera de  su horizonte de intereses.

74. En los que pasan de largo hay un detalle que no podemos  ignorar; eran personas religiosas. Es más, se dedicaban a dar culto  a Dios: un sacerdote y un levita. Esto es un fuerte llamado de  atención, indica que el hecho de creer en Dios y de adorarlo no  garantiza vivir como a Dios le agrada. Una persona de fe puede no  ser fiel a todo lo que esa misma fe le reclama, y sin embargo puede  sentirse cerca de Dios y creerse con más dignidad que los demás.  Pero hay maneras de vivir la fe que facilitan la apertura del corazón  a los hermanos, y esa será la garantía de una auténtica apertura a  Dios. San Juan Crisóstomo llegó a expresar con mucha claridad  este desafío que se plantea a los cristianos: «¿Desean honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecien cuando lo  contemplen desnudo […], ni lo honren aquí, en el templo, con  lienzos de seda, si al salir lo abandonan en su frío y desnudez».58 La  paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la  voluntad de Dios mejor que los creyentes.

75. Los “salteadores del camino” suelen tener como aliados  secretos a los que “pasan por el camino mirando a otro lado”. Se  cierra el círculo entre los que usan y engañan a la sociedad para  esquilmarla, y los que creen mantener la pureza en su función  crítica, pero al mismo tiempo viven de ese sistema y de sus recursos. Hay una triste hipocresía cuando la impunidad del delito,  del uso de las instituciones para el provecho personal o corporativo  y otros males que no logramos desterrar, se unen a una permanente  descalificación de todo, a la constante siembra de sospecha que  hace cundir la desconfianza y la perplejidad. El engaño del “todo  está mal” es respondido con un “nadie puede arreglarlo”, “¿qué  puedo hacer yo?”. De esta manera, se nutre el desencanto y la  desesperanza, y eso no alienta un espíritu de solidaridad y de  generosidad. Hundir a un pueblo en el desaliento es el cierre de un  círculo perverso perfecto: así obra la dictadura invisible de los  verdaderos intereses ocultos, que se adueñaron de los recursos y  de la capacidad de opinar y pensar.

76. Miremos finalmente al hombre herido. A veces nos  sentimos como él, malheridos y tirados al costado del camino. Nos  sentimos también desamparados por nuestras instituciones  desarmadas y desprovistas, o dirigidas al servicio de los intereses  de unos pocos, de afuera y de adentro. Porque «en la sociedad  globalizada, existe un estilo elegante de mirar para otro lado que se  practica recurrentemente: bajo el ropaje de lo políticamente  correcto o las modas ideológicas, se mira al que sufre sin tocarlo,  se lo televisa en directo, incluso se adopta un discurso en  apariencia tolerante y repleto de eufemismos».59

RECOMENZAR 

77. Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa  nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan,  sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz  de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos  parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades  heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar  nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que  carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios  y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo  falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo, de ser  constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de  levantar al caído; aunque muchas veces nos veamos inmersos y  condenados a repetir la lógica de los violentos, de los que sólo se  ambicionan a sí mismos, difusores de la confusión y la mentira. Que  otros sigan pensando en la política o en la economía para sus  juegos de poder. Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio  del bien. 

78. Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo  más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del  mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por  cada llaga del herido. Busquemos a otros y hagámonos cargo de la  realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia,  porque allí está todo lo bueno que Dios ha sembrado en el corazón  del ser humano. Las dificultades que parecen enormes son la  oportunidad para crecer, y no la excusa para la tristeza inerte que  favorece el sometimiento. Pero no lo hagamos solos,  individualmente.

El samaritano buscó a un hospedero que pudiera cuidar de aquel  hombre, como nosotros estamos invitados a convocar y  encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de  pequeñas individualidades; recordemos que «el todo es más que la  parte, y también es más que la mera suma de ellas».60 Renunciemos  a la mezquindad y al resentimiento de los internismos estériles, de  los enfrentamientos sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las  pérdidas y hagámonos cargo de nuestros crímenes, desidias y  mentiras. La reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará  perder el miedo a nosotros mismos y a los demás.

79. El samaritano del camino se fue sin esperar  reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la gran  satisfacción frente a su Dios y a su vida, y por eso, un deber. Todos  tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y  todos los pueblos de la tierra. Cuidemos la fragilidad de cada  hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa  actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen  samaritano.

EL PRÓJIMO SIN FRONTERAS 

80. Jesús propuso esta parábola para responder a una  pregunta: ¿Quién es mi prójimo? La palabra “prójimo” en la  sociedad de la época de Jesús solía indicar al que es más cercano,  próximo. Se entendía que la ayuda debía dirigirse en primer lugar al  que pertenece al propio grupo, a la propia raza. Un samaritano, para  algunos judíos de aquella época, era considerado un ser  despreciable, impuro, y por lo tanto no se lo incluía dentro de los  seres cercanos a quienes se debía ayudar. El judío Jesús  transforma completamente este planteamiento: no nos invita a  preguntarnos quiénes son los que están cerca de nosotros, sino a  volvernos nosotros cercanos, prójimos. 

81. La propuesta es la de hacerse presentes ante el que  necesita ayuda, sin importar si es parte del propio círculo de  pertenencia. En este caso, el samaritano fue quien se hizo prójimo del judío herido. Para volverse cercano y presente, atravesó todas  las barreras culturales e históricas. La conclusión de Jesús es un  pedido: «Tienes que ir y hacer lo mismo» (Lc 10,37). Es decir, nos  interpela a dejar de lado toda diferencia y, ante el sufrimiento,  volvernos cercanos a cualquiera. Entonces, ya no digo que tengo  “prójimos” a quienes debo ayudar, sino que me siento llamado a  volverme yo un prójimo de los otros.

82. El problema es que Jesús destaca, a propósito, que el  hombre herido era un judío —habitante de Judea— mientras quien  se detuvo y lo auxilió era un samaritano —habitante de Samaría—.  Este detalle tiene una importancia excepcional para reflexionar  sobre un amor que se abre a todos. Los samaritanos habitaban una  región que había sido contagiada por ritos paganos, y para los  judíos esto los volvía impuros, detestables, peligrosos. De hecho, un  antiguo texto judío que menciona a naciones odiadas, se refiere a  Samaría afirmando además que «ni siquiera es una nación» (Si  50,25), y agrega que es «el pueblo necio que reside en Siquén» (v.  26).

83. Esto explica por qué una mujer samaritana, cuando Jesús  le pidió de beber, respondió enfáticamente: «¿Cómo tú, siendo  judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Jn  4,9). Quienes buscaban acusaciones que pudieran desacreditar a  Jesús, lo más ofensivo que encontraron fue decirle «endemoniado»  y «samaritano» (Jn 8,48). Por lo tanto, este encuentro misericordioso  entre un samaritano y un judío es una potente interpelación, que  desmiente toda manipulación ideológica, para que ampliemos  nuestro círculo, para que demos a nuestra capacidad de amar una  dimensión universal capaz de traspasar todos los prejuicios, todas  las barreras históricas o culturales, todos los intereses mezquinos.

LA INTERPELACIÓN DEL FORASTERO 

84. Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús  dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir  esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los  dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que  están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el  corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin  importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta  dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia  carne» (Is 58,7). 85. Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también  otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en  cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45). En  realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a  reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y  que «con ello le confiere una dignidad infinita».61 A esto se agrega  que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno,  por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la  fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con  una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda  vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la  reflexión sobre esta gran verdad.

86. A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a  la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente  la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo  de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin  embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al  menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de  nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas,  desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe,  con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido  crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente  cuando comienzan a insinuarse. Para ello es importante que la  catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el  sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la  espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada  persona y las motivaciones para amar y acoger a todos.

CAPITULO TERCERO 

PENSAR Y GESTAR  UN MUNDO ABIERTO

87. Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza,  no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud «si no es en la  entrega sincera de sí mismo a los demás».62 Ni siquiera llega a  reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los  otros: «Sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida  en que me comunico con el otro».63 Esto explica por qué nadie  puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes  amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana,  porque «la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad;  y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre  relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay  vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir  como islas: en estas actitudes prevalece la muerte».64 

MÁS ALLÁ  

88. Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos  y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia  el otro.65 Hechos para el amor, hay en cada uno de nosotros «una ley de éxtasis: salir de sí mismo para hallar en otro un crecimiento  de su ser».66 Por ello «en cualquier caso el hombre tiene que llevar a  cabo esta empresa: salir de sí mismo».67

89. Pero no puedo reducir mi vida a la relación con un pequeño  grupo, ni siquiera a mi propia familia, porque es imposible  entenderme sin un tejido más amplio de relaciones: no sólo el actual  sino también el que me precede y me fue configurando a lo largo de  mi vida. Mi relación con una persona que aprecio no puede ignorar  que esa persona no vive sólo por su relación conmigo, ni yo vivo  sólo por mi referencia a ella. Nuestra relación, si es sana y  verdadera, nos abre a los otros que nos amplían y enriquecen. El más noble sentido social hoy fácilmente queda anulado detrás de  intimismos egoístas con apariencia de relaciones intensas. En  cambio, el amor que es auténtico, que ayuda a crecer, y las formas  más nobles de la amistad, residen en corazones que se dejan  completar. La pareja y el amigo son para abrir el corazón en  círculos, para volvernos capaces de salir de nosotros mismos hasta  acoger a todos. Los grupos cerrados y las parejas  autorreferenciales, que se constituyen en un “nosotros” contra todo  el mundo, suelen ser formas idealizadas de egoísmo y de mera  autopreservación.

90. Por algo muchas pequeñas poblaciones que sobrevivían en  zonas desérticas desarrollaron una generosa capacidad de acogida  ante los peregrinos que pasaban, y acuñaron el sagrado deber de la  hospitalidad. Lo vivieron también las comunidades monásticas  medievales, como se advierte en la Regla de san Benito. Aunque  pudiera desestructurar el orden y el silencio de los monasterios,  Benito reclamaba que a los pobres y peregrinos se los tratara «con  el máximo cuidado y solicitud».68 La hospitalidad es un modo  concreto de no privarse de este desafío y de este don que es el  encuentro con la humanidad más allá del propio grupo. Aquellas  personas percibían que todos los valores que podían cultivar debían  estar acompañados por esta capacidad de trascenderse en una  apertura a los otros.

El valor único del amor  

91. Las personas pueden desarrollar algunas actitudes que  presentan como valores morales: fortaleza, sobriedad, laboriosidad  y otras virtudes. Pero para orientar adecuadamente los actos de las  distintas virtudes morales, es necesario considerar también en qué  medida estos realizan un dinamismo de apertura y unión hacia otras  personas. Ese dinamismo es la caridad que Dios infunde. De otro  modo, quizás tendremos sólo apariencia de virtudes, que serán  incapaces de construir la vida en común. Por ello decía santo  Tomás de Aquino —citando a san Agustín— que la templanza de  una persona avara ni siquiera es virtuosa.69 San Buenaventura, con  otras palabras, explicaba que las otras virtudes, sin la caridad,  estrictamente no cumplen los mandamientos «como Dios los  entiende».70

92. La altura espiritual de una vida humana está marcada por el  amor, que es «el criterio para la decisión definitiva sobre la  valoración positiva o negativa de una vida humana».71 Sin embargo,  hay creyentes que piensan que su grandeza está en la imposición  de sus ideologías al resto, o en la defensa violenta de la verdad, o  en grandes demostraciones de fortaleza. Todos los creyentes  necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca  debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar (cf. 1  Co 13,1-13). 

93. En un intento de precisar en qué consiste la experiencia de  amar que Dios hace posible con su gracia, santo Tomás de Aquino  la explicaba como un movimiento que centra la atención en el otro  «considerándolo como uno consigo».72 La atención afectiva que se  presta al otro, provoca una orientación a buscar su bien  gratuitamente. Todo esto parte de un aprecio, de una valoración,  que en definitiva es lo que está detrás de la palabra “caridad”: el ser  amado es “caro” para mí, es decir, «es estimado como de alto  valor».73 Y «del amor por el cual a uno le es grata la otra persona  depende que le dé algo gratis».74 

94. El amor implica entonces algo más que una serie de  acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina  más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y  bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor al otro  por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en  el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la  amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a  todos.

LA CRECIENTE APERTURA DEL AMOR 

95. El amor nos pone finalmente en tensión hacia la comunión  universal. Nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose. Por su  propia dinámica, el amor reclama una creciente apertura, mayor  capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que  integra todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia  mutua. Jesús nos decía: «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8).

96. Esta necesidad de ir más allá de los propios límites vale también  para las distintas regiones y países. De hecho, «el número cada vez  mayor de interdependencias y de comunicaciones que se  entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de  que todas las naciones de la tierra […] comparten un destino  común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad  de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de  formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen  recíprocamente y se preocupan los unos de los otros».75 

Sociedades abiertas que integran a todos 

97. Hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de  una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la  apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial.  Es la capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a aquellos  que espontáneamente no siento parte de mi mundo de intereses,  aunque estén cerca de mí. Por otra parte, cada hermana y hermano  que sufre, abandonado o ignorado por mi sociedad es un forastero  existencial, aunque haya nacido en el mismo país. Puede ser un  ciudadano con todos los papeles, pero lo hacen sentir como un  extranjero en su propia tierra. El racismo es un virus que muta  fácilmente y en lugar de desaparecer se disimula, pero está siempre  al acecho.

98. Quiero recordar a esos “exiliados ocultos” que son  tratados como cuerpos extraños en la sociedad.76 Muchas personas  con discapacidad «sienten que existen sin pertenecer y sin  participar». Hay todavía mucho «que les impide tener una  ciudadanía plena». El objetivo no es sólo cuidarlos, sino «que  participen activamente en la comunidad civil y eclesial. Es un  camino exigente y también fatigoso, que contribuirá cada vez más a  la formación de conciencias capaces de reconocer a cada individuo  como una persona única e irrepetible». Igualmente pienso en «los  ancianos, que, también por su discapacidad, a veces se sienten  como una carga». Sin embargo, todos pueden dar «una  contribución singular al bien común a través de su biografía  original». Me permito insistir: «Tengan el valor de dar voz a quienes  son discriminados por su discapacidad, porque desgraciadamente  en algunas naciones, todavía hoy, se duda en reconocerlos como  personas de igual dignidad».77 

Comprensiones inadecuadas de un amor universal 

99. El amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en  su base lo que llamamos “amistad social” en cada ciudad o en cada  país. Cuando es genuina, esta amistad social dentro de una  sociedad es una condición de posibilidad de una verdadera  apertura universal. No se trata del falso universalismo de quien  necesita viajar constantemente porque no soporta ni ama a su  propio pueblo. Quien mira a su pueblo con desprecio, establece en  su propia sociedad categorías de primera o de segunda clase, de  personas con más o menos dignidad y derechos. De esta manera  niega que haya lugar para todos.

100. Tampoco estoy proponiendo un universalismo autoritario y abstracto, digitado o planificado por algunos y presentado como un supuesto sueño en orden a homogeneizar, dominar y expoliar. Hay un modelo de globalización que «conscientemente apunta a la uniformidad unidimensional y busca eliminar todas las diferencias y tradiciones en una búsqueda superficial de la unidad. […] Si una
globalización pretende igualar a todos, como si fuera una esfera, esa globalización destruye la riqueza y la particularidad de cada persona y de cada pueblo».78 Ese falso sueño universalista termina quitando al mundo su variado colorido, su belleza y en definitiva su humanidad. Porque «el futuro no es monocromático, sino que es
posible si nos animamos a mirarlo en la variedad y en la diversidad de lo que cada uno puede aportar. Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos».79

101. Retomemos ahora aquella parábola del buen samaritano que todavía tiene mucho para proponernos. Había un hombre herido en el camino. Los personajes que pasaban a su lado no se concentraban en este llamado interior a volverse cercanos, sino en su función, en el lugar social que ellos ocupaban, en una profesión relevante en la sociedad. Se sentían importantes para la sociedad del momento y su urgencia era el rol que les tocaba cumplir. El hombre herido y abandonado en el camino era una molestia para ese proyecto, una interrupción, y a su vez era alguien que no cumplía función alguna. Era un nadie, no pertenecía a una agrupación que se considerara destacable, no tenía función alguna en la construcción de la historia. Mientras tanto, el samaritano generoso se resistía a estas clasificaciones cerradas, aunque él mismo quedaba fuera de cualquiera de estas categorías y era sencillamente un extraño sin un lugar propio en la sociedad. Así, libre de todo rótulo y estructura, fue capaz de interrumpir su viaje, de cambiar su proyecto, de estar disponible para abrirse a la sorpresa del hombre herido que lo necesitaba.

102. ¿Qué reacción podría provocar hoy esa narración, en un mundo donde aparecen constantemente, y crecen, grupos sociales que se aferran a una identidad que los separa del resto? ¿Cómo puede conmover a quienes tienden a organizarse de tal manera que se impida toda presencia extraña que pueda perturbar esa identidad y esa organización autoprotectora y autorreferencial? En ese esquema queda excluida la posibilidad de volverse prójimo, y sólo es posible ser prójimo de quien permita asegurar los beneficios personales. Así la palabra “prójimo” pierde todo significado, y únicamente cobra sentido la palabra “socio”, el asociado por determinados intereses.80

Libertad, igualdad y fraternidad 

103. La fraternidad no es sólo resultado de condiciones de respeto a las libertades individuales, ni siquiera de cierta  equidad administrada. Si bien son condiciones de posibilidad no bastan para que ella surja como resultado necesario.  La fraternidad tiene algo positivo que ofrecer a la libertad y a la igualdad. ¿Qué ocurre sin la fraternidad cultivada  conscientemente, sin una voluntad política de fraternidad, traducida en una educación para la fraternidad, para el  diálogo, para el descubrimiento de la reciprocidad y el enriquecimiento mutuo como valores? Lo que sucede es que la libertad enflaquece, resultando así más una condición de soledad, de pura autonomía para pertenecer a alguien o a  algo, o sólo para poseer y disfrutar. Esto no agota en absoluto la riqueza de la libertad que está orientada sobre todo  al amor.

104. Tampoco la igualdad se logra definiendo en abstracto que “todos los seres humanos son iguales”, sino que es el  resultado del cultivo consciente y pedagógico de la fraternidad. Los que únicamente son capaces de ser socios crean  mundos cerrados. ¿Qué sentido puede tener en este esquema esa persona que no pertenece al círculo de los socios y  llega soñando con una vida mejor para sí y para su familia? 

105. El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales  no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad. Ni siquiera puede preservarnos de tantos males que cada vez se vuelven más globales. Pero el individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace  creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades  individuales pudiéramos construir el bien común.

AMOR UNIVERSAL QUE PROMUEVE A LAS PERSONAS 

106. Hay un reconocimiento básico, esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir  cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia. Si cada uno vale tanto,  hay que decir con claridad y firmeza que «el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor  desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad».81 Este es un principio elemental de la vida  social que suele ser ignorado de distintas maneras por quienes sienten que no aporta a su cosmovisión o no sirve a  sus fines. 

107. Todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no  puede ser negado por ningún país. Lo tiene aunque sea poco eficiente, aunque haya nacido o crecido con limitaciones.  Porque eso no menoscaba su inmensa dignidad como persona humana, que no se fundamenta en las circunstancias  sino en el valor de su ser. Cuando este principio elemental no queda a salvo, no hay futuro ni para la fraternidad ni  para la sobrevivencia de la humanidad. 108. Hay sociedades que acogen parcialmente este principio. Aceptan que haya posibilidades para todos, pero  sostienen que a partir de allí todo depende de cada uno. Desde esa perspectiva parcial no tendría sentido «invertir  para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida».82 Invertir a favor de los frágiles  puede no ser rentable, puede implicar menor eficiencia. Exige un Estado presente y activo, e instituciones de la sociedad civil que vayan más allá de la libertad de los mecanismos eficientistas de determinados sistemas  económicos, políticos o ideológicos, porque realmente se orientan en primer lugar a las personas y al bien común.

109. Algunos nacen en familias de buena posición económica, reciben buena educación, crecen bien alimentados, o  poseen naturalmente capacidades destacadas. Ellos seguramente no necesitarán un Estado activo y sólo reclamarán  libertad. Pero evidentemente no cabe la misma regla para una persona con discapacidad, para alguien que nació en  un hogar extremadamente pobre, para alguien que creció con una educación de baja calidad y con escasas  posibilidades de curar adecuadamente sus enfermedades. Si la sociedad se rige primariamente por los criterios de la  libertad de mercado y de la eficiencia, no hay lugar para ellos, y la fraternidad será una expresión romántica más.  

110. El hecho es que «una libertad económica sólo declamada, pero donde las condiciones reales impiden que muchos  puedan acceder realmente a ella […] se convierte en un discurso contradictorio».83 Palabras como libertad,  democracia o fraternidad se vacían de sentido. Porque el hecho es que «mientras nuestro sistema económico y social  produzca una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de  fraternidad universal».84 Una  sociedad humana y fraterna es capaz de preocuparse para garantizar de modo eficiente y estable que todos sean  acompañados en el recorrido de sus vidas, no sólo para asegurar sus necesidades básicas, sino para que puedan dar  lo mejor de sí, aunque su rendimiento no sea el mejor, aunque vayan lento, aunque su eficiencia sea poco destacada. 

111. La persona humana, con sus derechos inalienables, está naturalmente abierta a los vínculos. En su propia raíz  reside el llamado a trascenderse a sí misma en el encuentro con otros. Por eso «es necesario prestar atención para no  caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal  uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos  individuales —estoy tentado de decir individualistas—, que esconde una concepción de persona humana desligada  de todo contexto social y antropológico, casi como una “mónada” (monás), cada vez más insensible. […] Si el derecho  

de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y,  consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias».85 

PROMOVER EL BIEN MORAL 

112. No podemos dejar de decir que el deseo y la búsqueda del bien de los demás y de toda la humanidad implican  también procurar una maduración de las personas y de las sociedades en los distintos valores morales que lleven a un  desarrollo humano integral. En el Nuevo Testamento se menciona un fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22), expresado  con la palabra griega agazosúne. Indica el apego a lo bueno, la búsqueda de lo bueno. Más todavía, es procurar lo  excelente, lo mejor para los demás: su maduración, su crecimiento en una vida sana, el cultivo de los valores y no  sólo el bienestar material. Hay una expresión latina semejante: bene-volentia, que significa la actitud de querer el  bien del otro. Es un fuerte deseo del bien, una inclinación hacia todo lo que sea bueno y excelente, que nos mueve a  llenar la vida de los demás de cosas bellas, sublimes, edificantes. 

113. En esta línea, vuelvo a destacar con dolor que «ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral,  burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre  superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos  unos con otros para preservar los propios intereses».86 Volvamos a promover el bien, para nosotros mismos y para  toda la humanidad, y así caminaremos juntos hacia un crecimiento genuino e integral. Cada sociedad necesita  asegurar que los valores se transmitan, porque si esto no sucede se difunde el egoísmo, la violencia, la corrupción en  sus diversas formas, la indiferencia y, en definitiva, una vida cerrada a toda trascendencia y clausurada en intereses  individuales. 

El valor de la solidaridad 

114. Quiero destacar la solidaridad, que «como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige  el compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas. En primer lugar me dirijo a  las familias, llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que  se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y  del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros  simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos. Los educadores y los formadores que, en la escuela o  en los diferentes centros de asociación infantil y juvenil, tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están  llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y  sociales de la persona. Los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más  tierna infancia. […] Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de comunicación social tienen también  una responsabilidad en el campo de la educación y la formación, especialmente en la sociedad contemporánea, en la  que el acceso a los instrumentos de formación y de comunicación está cada vez más extendido».87 

115. En estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez88 que  surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común. La solidaridad se expresa  concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es  «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de  nuestro pueblo». En esta tarea cada uno es capaz de «dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia  ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente  su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es  ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas».89 

116. Los últimos en general «practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres,  y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar. Solidaridad es una palabra  que no cae bien siempre, yo diría que algunas veces la hemos transformado en una mala palabra, no se puede decir;  pero es una palabra que expresa mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos. Es pensar y actuar en  términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos.  También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero.  […] La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los  movimientos populares».90 

117. Cuando hablamos de cuidar la casa común que es el planeta, acudimos a ese mínimo de conciencia universal y  de preocupación por el cuidado mutuo que todavía puede quedar en las personas. Porque si alguien tiene agua de  sobra, y sin embargo la cuida pensando en la humanidad, es porque ha logrado una altura moral que le permite  trascenderse a sí mismo y a su grupo de pertenencia. ¡Eso es maravillosamente humano! Esta misma actitud es la que  se requiere para reconocer los derechos de todo ser humano, aunque haya nacido más allá de las propias fronteras. 

REPROPONER LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA PROPIEDAD 

118. El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad. Las  diferencias de color, religión, capacidades, lugar de nacimiento, lugar de residencia y tantas otras no pueden  anteponerse o utilizarse para justificar los privilegios de unos sobre los derechos de todos. Por consiguiente, como  comunidad estamos conminados a garantizar que cada persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a  su desarrollo integral.

119. En los primeros siglos de la fe cristiana, varios sabios desarrollaron un sentido universal en su reflexión sobre  el destino común de los bienes creados.91 Esto llevaba a pensar que si alguien no tiene lo suficiente para vivir con  dignidad se debe a que otro se lo está quedando. Lo resume san Juan Crisóstomo al decir que «no compartir con los  pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos»;92 o  también en palabras de san Gregorio Magno: «Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos  nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo».93 

120. Vuelvo a hacer mías y a proponer a todos unas palabras de san Juan Pablo II cuya contundencia quizás no ha  sido advertida: «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin  excluir a nadie ni privilegiar a ninguno».94 En esta línea recuerdo que «la tradición cristiana nunca reconoció como  absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad  privada».95 El principio del uso común de los bienes creados para todos es el «primer principio de todo el  ordenamiento ético-social»,96 es un derecho natural, originario y prioritario.97 Todos los demás derechos sobre los  bienes necesarios para la realización integral de las personas, incluidos el de la propiedad privada y cualquier otro,  «no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización», como afirmaba san Pablo VI.98 El derecho a la  propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del  destino universal de los bienes creados, y esto tiene consecuencias muy concretas que deben reflejarse en el  funcionamiento de la sociedad. Pero sucede con frecuencia que los derechos secundarios se sobreponen a los  prioritarios y originarios, dejándolos sin relevancia práctica. 

Derechos sin fronteras 

121. Entonces nadie puede quedar excluido, no importa dónde haya nacido, y menos a causa de los privilegios que  otros poseen porque nacieron en lugares con mayores posibilidades. Los límites y las fronteras de los Estados no  pueden impedir que esto se cumpla. Así como es inaceptable que alguien tenga menos derechos por ser mujer, es  igualmente inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia ya de por sí determine menores posibilidades de  vida digna y de desarrollo. 

122. El desarrollo no debe orientarse a la acumulación creciente de unos pocos, sino que tiene que asegurar «los  derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y de los  pueblos».99 El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos  de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que «quien se  apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos».100 

123. Es verdad que la actividad de los empresarios «es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar  el mundo para todos».101 Dios nos promueve, espera que desarrollemos las capacidades que nos dio y llenó el universo  de potencialidades. En sus designios cada hombre está llamado a promover su propio progreso,102 y esto incluye  fomentar las capacidades económicas y tecnológicas para hacer crecer los bienes y aumentar la riqueza. Pero en todo  caso estas capacidades de los empresarios, que son un don de Dios, tendrían que orientarse claramente al desarrollo  de las demás personas y a la superación de la miseria, especialmente a través de la creación de fuentes de trabajo  diversificadas. Siempre, junto al derecho de propiedad privada, está el más importante y anterior principio de la subordinación de toda propiedad privada al destino universal de los bienes de la tierra y, por tanto, el derecho de  todos a su uso.103 

Derechos de los pueblos 

124. La convicción del destino común de los bienes de la tierra hoy requiere que se aplique también a los países, a  sus territorios y a sus posibilidades. Si lo miramos no sólo desde la legitimidad de la propiedad privada y de los  derechos de los ciudadanos de una determinada nación, sino también desde el primer principio del destino común de  los bienes, entonces podemos decir que cada país es asimismo del extranjero, en cuanto los bienes de un territorio no  deben ser negados a una persona necesitada que provenga de otro lugar. Porque, como enseñaron los Obispos de los  Estados Unidos, hay derechos fundamentales que «preceden a cualquier sociedad porque manan de la dignidad  otorgada a cada persona en cuanto creada por Dios».104 

125. Esto supone además otra manera de entender las relaciones y el intercambio entre países. Si toda persona tiene  una dignidad inalienable, si todo ser humano es mi hermano o mi hermana, y si en realidad el mundo es de todos, no  importa si alguien ha nacido aquí o si vive fuera de los límites del propio país. También mi nación es corresponsable  de su desarrollo, aunque pueda cumplir esta responsabilidad de diversas maneras: acogiéndolo de manera generosa cuando lo necesite imperiosamente, promoviéndolo en su propia tierra, no usufructuando ni vaciando de recursos  naturales a países enteros propiciando sistemas corruptos que impiden el desarrollo digno de los pueblos. Esto que vale para las naciones se aplica a las distintas regiones de cada país, entre las que suele haber graves inequidades.  Pero la incapacidad de reconocer la igual dignidad humana a veces lleva a que las regiones más desarrolladas de  algunos países sueñen con liberarse del “lastre” de las regiones más pobres para aumentar todavía más su nivel de  consumo. 

126. Hablamos de una nueva red en las relaciones internacionales, porque no hay modo de resolver los graves  problemas del mundo pensando sólo en formas de ayuda mutua entre individuos o pequeños grupos. Recordemos  que «la inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones  internacionales».105 Y la justicia exige reconocer y respetar no sólo los derechos individuales, sino también los  derechos sociales y los derechos de los pueblos.106 Lo que estamos diciendo implica asegurar «el derecho fundamental  de los pueblos a la subsistencia y al progreso»,107 que a veces se ve fuertemente dificultado por la presión que origina  la deuda externa. El pago de la deuda en muchas ocasiones no sólo no favorece el desarrollo, sino que lo limita y lo  condiciona fuertemente. Si bien se mantiene el principio de que toda deuda legítimamente adquirida debe ser saldada,  el modo de cumplir este deber que muchos países pobres tienen con los países ricos no debe llegar a comprometer su  subsistencia y su crecimiento. 

127. Sin dudas, se trata de otra lógica. Si no se intenta entrar en esa lógica, mis palabras sonarán a fantasía. Pero si  se acepta el gran principio de los derechos que brotan del solo hecho de poseer la inalienable dignidad humana, es  posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad. Es posible anhelar un planeta que asegure tierra,  techo y trabajo para todos. Este es el verdadero camino de la paz, y no la estrategia carente de sentido y corta de miras  de sembrar temor y desconfianza ante amenazas externas. Porque la paz real y duradera sólo es posible «desde una  ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la  corresponsabilidad entre toda la familia humana».108

CAPÍTULO CUARTO 

UN CORAZÓN ABIERTO AL MUNDO ENTERO 

128. La afirmación de que todos los seres humanos somos hermanos y hermanas, si no es sólo una abstracción, sino  que toma carne y se vuelve concreta, nos plantea una serie de retos que nos descolocan, nos obligan a asumir nuevas  perspectivas y a desarrollar nuevas reacciones. 

EL LÍMITE DE LAS FRONTERAS 

129. Cuando el prójimo es una persona migrante se agregan desafíos complejos.109 Es verdad que lo ideal sería evitar  las migraciones innecesarias y para ello el camino es crear en los países de origen la posibilidad efectiva de vivir y  de crecer con dignidad, de manera que se puedan encontrar allí mismo las condiciones para el propio desarrollo  integral. Pero mientras no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano  de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también  realizarse integralmente como persona. Nuestros esfuerzos ante las personas migrantes que llegan pueden resumirse  en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Porque «no se trata de dejar caer desde arriba programas de  asistencia social sino de recorrer juntos un camino a través de estas cuatro acciones, para construir ciudades y países  que, al tiempo que conservan sus respectivas identidades culturales y religiosas, estén abiertos a las diferencias y  sepan cómo valorarlas en nombre de la fraternidad humana».110 

130. Esto implica algunas respuestas indispensables, sobre todo frente a los que escapan de graves crisis humanitarias.  Por ejemplo: incrementar y simplificar la concesión de visados, adoptar programas de patrocinio privado y  comunitario, abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables, ofrecer un alojamiento adecuado y  decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia  consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la  justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad  de movimiento y la posibilidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la  educación, prever programas de custodia temporal o de acogida, garantizar la libertad religiosa, promover su inserción  social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos.111 

131. Para quienes ya hace tiempo que han llegado y participan del tejido social, es importante aplicar el concepto de “ciudadanía”, que «se basa en la igualdad de derechos y deberes bajo cuya protección todos disfrutan de la justicia.  Por esta razón, es necesario comprometernos para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y  renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías, que trae consigo las semillas de sentirse aislado e inferior;  prepara el terreno para la hostilidad y la discordia y quita los logros y los derechos religiosos y civiles de algunos  ciudadanos al discriminarlos».112 

132. Más allá de las diversas acciones indispensables, los Estados no pueden desarrollar por su cuenta soluciones  adecuadas «ya que las consecuencias de las opciones de cada uno repercuten inevitablemente sobre toda la  Comunidad internacional». Por lo tanto «las respuestas sólo vendrán como fruto de un trabajo común»,113 gestando  una legislación (governance) global para las migraciones. De cualquier manera se necesita «establecer planes a medio  

y largo plazo que no se queden en la simple respuesta a una emergencia. Deben servir, por una parte, para ayudar realmente a la integración de los emigrantes en los países de acogida y, al mismo tiempo, favorecer el desarrollo de  los países de proveniencia, con políticas solidarias, que no sometan las ayudas a estrategias y prácticas ideológicas  ajenas o contrarias a las culturas de los pueblos a las que van dirigidas».114 

LAS OFRENDAS RECÍPROCAS 

133. La llegada de personas diferentes, que proceden de un contexto vital y cultural distinto, se convierte en un don,  porque «las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre personas y entre culturas: para las  comunidades y las sociedades a las que llegan son una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano  integral de todos».115 Por esto «pido especialmente a los jóvenes que no caigan en las redes de quienes quieren  enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como seres peligrosos y como si no tuvieran la  misma inalienable dignidad de todo ser humano».116

134. Por otra parte, cuando se acoge de corazón a la persona diferente, se le permite seguir siendo ella misma, al  tiempo que se le da la posibilidad de un nuevo desarrollo. Las culturas diversas, que han gestado su riqueza a lo largo  de siglos, deben ser preservadas para no empobrecer este mundo. Esto sin dejar de estimularlas para que pueda brotar  algo nuevo de sí mismas en el encuentro con otras realidades. No se puede ignorar el riesgo de terminar víctimas de  una esclerosis cultural. Para ello «tenemos necesidad de comunicarnos, de descubrir las riquezas de cada uno, de  valorar lo que nos une y ver las diferencias como oportunidades de crecimiento en el respeto de todos. Se necesita un  diálogo paciente y confiado, para que las personas, las familias y las comunidades puedan transmitir los valores de  su propia cultura y acoger lo que hay de bueno en la experiencia de los demás».117

135. Retomo ejemplos que mencioné tiempo atrás: la cultura de los latinos es «un fermento de valores y posibilidades  que puede hacer mucho bien a los Estados Unidos. […] Una fuerte inmigración siempre termina marcando y  transformando la cultura de un lugar. En la Argentina, la fuerte inmigración italiana ha marcado la cultura de la  sociedad, y en el estilo cultural de Buenos Aires se nota mucho la presencia de alrededor de 200.000 judíos. Los  inmigrantes, si se los ayuda a integrarse, son una bendición, una riqueza y un nuevo don que invita a una sociedad a  crecer».118 

136. Ampliando la mirada, con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb recordamos que «la relación entre Occidente y  Oriente es una necesidad mutua indiscutible, que no puede ser sustituida ni descuidada, de modo que ambos puedan  enriquecerse mutuamente a través del intercambio y el diálogo de las culturas. El Occidente podría encontrar en la  civilización del Oriente los remedios para algunas de sus enfermedades espirituales y religiosas causadas por la  dominación del materialismo. Y el Oriente podría encontrar en la civilización del Occidente muchos elementos que  pueden ayudarlo a salvarse de la debilidad, la división, el conflicto y el declive científico, técnico y cultural. Es  importante prestar atención a las diferencias religiosas, culturales e históricas que son un componente esencial en la  formación de la personalidad, la cultura y la civilización oriental; y es importante consolidar los derechos humanos  generales y comunes, para ayudar a garantizar una vida digna para todos los hombres en Oriente y en Occidente,  evitando el uso de políticas de doble medida».119 

El fecundo intercambio 

137. La ayuda mutua entre países en realidad termina beneficiando a todos. Un país que progresa desde su original  sustrato cultural es un tesoro para toda la humanidad. Necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos  salvamos todos o no se salva nadie. La pobreza, la decadencia, los sufrimientos de un lugar de la tierra son un silencioso caldo de cultivo de problemas que finalmente afectarán a todo el planeta. Si nos preocupa la desaparición  de algunas especies, debería obsesionarnos que en cualquier lugar haya personas y pueblos que no desarrollen su  potencial y su belleza propia a causa de la pobreza o de otros límites estructurales. Porque eso termina  empobreciéndonos a todos. 

138. Si esto fue siempre cierto, hoy lo es más que nunca debido a la realidad de un mundo tan conectado por la  globalización. Necesitamos que un ordenamiento mundial jurídico, político y económico «incremente y oriente la  colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos».120 Esto finalmente beneficiará a todo  el planeta, porque «la ayuda al desarrollo de los países pobres» implica «creación de riqueza para todos».121 Desde  el punto de vista del desarrollo integral, esto supone que se conceda «también una voz eficaz en las decisiones  comunes a las naciones más pobres»122 y que se procure «incentivar el acceso al mercado internacional de los países  marcados por la pobreza y el subdesarrollo».123 

Gratuidad que acoge 

139. No obstante, no quisiera limitar este planteamiento a alguna forma de utilitarismo. Existe la gratuidad. Es la  capacidad de hacer algunas cosas porque sí, porque son buenas en sí mismas, sin esperar ningún resultado exitoso,  sin esperar inmediatamente algo a cambio. Esto permite acoger al extranjero, aunque de momento no traiga un  beneficio tangible. Pero hay países que pretenden recibir sólo a los científicos o a los inversores. 140. Quien no vive la gratuidad fraterna, convierte su existencia en un comercio ansioso, está siempre midiendo lo  que da y lo que recibe a cambio. Dios, en cambio, da gratis, hasta el punto de que ayuda aun a los que no son fieles,  y «hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45). Por algo Jesús recomienda: «Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en secreto» (Mt 6,3-4). Hemos recibido la  vida gratis, no hemos pagado por ella. Entonces todos podemos dar sin esperar algo, hacer el bien sin exigirle tanto  a esa persona que uno ayuda. Es lo que Jesús decía a sus discípulos: «Lo que han recibido gratis, entréguenlo también  gratis» (Mt 10,8). 

141. La verdadera calidad de los distintos países del mundo se mide por esta capacidad de pensar no sólo como país,  sino también como familia humana, y esto se prueba especialmente en las épocas críticas. Los nacionalismos cerrados  expresan en definitiva esta incapacidad de gratuidad, el error de creer que pueden desarrollarse al margen de la ruina  de los demás y que cerrándose al resto estarán más protegidos. El inmigrante es visto como un usurpador que no  ofrece nada. Así, se llega a pensar ingenuamente que los pobres son peligrosos o inútiles y que los poderosos son  generosos benefactores. Sólo una cultura social y política que incorpore la acogida gratuita podrá tener futuro. 

LOCAL Y UNIVERSAL

142. Cabe recordar que «entre la globalización y la localización también se produce una tensión. Hace falta prestar  atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo  local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos  extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante […]; otro, que se conviertan  en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse  interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites».124 Hay que mirar lo global,  que nos rescata de la mezquindad casera. Cuando la casa ya no es hogar, sino que es encierro, calabozo, lo global nos  va rescatando porque es como la causa final que nos atrae hacia la plenitud. Simultáneamente, hay que asumir con  cordialidad lo local, porque tiene algo que lo global no posee: ser levadura, enriquecer, poner en marcha mecanismos  de subsidiaridad. Por lo tanto, la fraternidad universal y la amistad social dentro de cada sociedad son dos polos  inseparables y coesenciales. Separarlos lleva a una deformación y a una polarización dañina.

El sabor local

143. La solución no es una apertura que renuncia al propio tesoro. Así como no hay diálogo con el otro sin identidad  personal, del mismo modo no hay apertura entre pueblos sino desde el amor a la tierra, al pueblo, a los propios rasgos  culturales. No me encuentro con el otro si no poseo un sustrato donde estoy firme y arraigado, porque desde allí  puedo acoger el don del otro y ofrecerle algo verdadero. Sólo es posible acoger al diferente y percibir su aporte  original si estoy afianzado en mi pueblo con su cultura. Cada uno ama y cuida con especial responsabilidad su tierra  y se preocupa por su país, así como cada uno debe amar y cuidar su casa para que no se venga abajo, porque no lo  harán los vecinos. También el bien del universo requiere que cada uno proteja y ame su propia tierra. De lo contrario,  las consecuencias del desastre de un país terminarán afectando a todo el planeta. Esto se fundamenta en el sentido  positivo que tiene el derecho de propiedad: cuido y cultivo algo que poseo, de manera que pueda ser un aporte al bien  de todos. 

144. Además, este es un presupuesto de los intercambios sanos y enriquecedores. El trasfondo de la experiencia de  la vida en un lugar y en una cultura determinada es lo que capacita a alguien para percibir aspectos de la realidad que  quienes no tienen esa experiencia no son capaces de percibir tan fácilmente. Lo universal no debe ser el imperio  homogéneo, uniforme y estandarizado de una única forma cultural dominante, que finalmente perderá los colores del  poliedro y terminará en el hastío. Es la tentación que se expresa en el antiguo relato de la torre de Babel: la  construcción de una torre que llegara hasta el cielo no expresaba la unidad entre distintos pueblos capaces de  comunicarse desde su diversidad. Por el contrario, fue una tentativa engañosa, que surgía del orgullo y de la ambición  humana, de crear una unidad diferente de aquella deseada por Dios en su plan providencial para las naciones (cf. Gn 11,1-9). 

145. Hay una falsa apertura a lo universal, que procede de la superficialidad vacía de quien no es capaz de penetrar  hasta el fondo en su patria, o de quien sobrelleva un resentimiento no resuelto hacia su pueblo. En todo caso, «siempre  hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un  don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. […] No es ni la esfera  global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza»,125 es el poliedro, donde al mismo tiempo que cada uno es  respetado en su valor, «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas».126

El horizonte universal 

146. Hay narcisismos localistas que no son un sano amor al propio pueblo y a su cultura. Esconden un espíritu cerrado  que, por cierta inseguridad y temor al otro, prefiere crear murallas defensivas para preservarse a sí mismo. Pero no  es posible ser sanamente local sin una sincera y amable apertura a lo universal, sin dejarse interpelar por lo que sucede  en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de los demás pueblos. Ese  localismo se clausura obsesivamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades, incapaz de admiración frente a  la multitud de posibilidades y de belleza que ofrece el mundo entero, y carente de una solidaridad auténtica y  generosa. Así, la vida local ya no es auténticamente receptiva, ya no se deja completar por el otro; por lo tanto, se  limita en sus posibilidades de desarrollo, se vuelve estática y se enferma. Porque en realidad toda cultura sana es  abierta y acogedora por naturaleza, de tal modo que «una cultura sin valores universales no es una verdadera  cultura».127 

147. Reconozcamos que una persona, mientras menos amplitud tenga en su mente y en su corazón, menos podrá  interpretar la realidad cercana donde está inmersa. Sin la relación y el contraste con quien es diferente, es difícil  percibirse clara y completamente a sí mismo y a la propia tierra, ya que las demás culturas no son enemigos de los  que hay que preservarse, sino que son reflejos distintos de la riqueza inagotable de la vida humana. Mirándose a sí  mismo con el punto de referencia del otro, de lo diverso, cada uno puede reconocer mejor las peculiaridades de su persona y de su cultura: sus riquezas, sus posibilidades y sus límites. La experiencia que se realiza en un lugar debe  ser desarrollada “en contraste” y “en sintonía” con las experiencias de otros que viven en contextos culturales  diferentes.128 

148. En realidad, una sana apertura nunca atenta contra la identidad. Porque al enriquecerse con elementos de otros  lugares, una cultura viva no realiza una copia o una mera repetición, sino que integra las novedades “a su modo”.  Esto provoca el nacimiento de una nueva síntesis que finalmente beneficia a todos, ya que la cultura donde se originan  estos aportes termina siendo retroalimentada. Por ello exhorté a los pueblos originarios a cuidar sus propias raíces y  sus culturas ancestrales, pero quise aclarar que no era «mi intención proponer un indigenismo completamente cerrado,  ahistórico, estático, que se niegue a toda forma de mestizaje», ya que «la propia identidad cultural se arraiga y se  enriquece en el diálogo con los diferentes y la auténtica preservación no es un aislamiento empobrecedor».129 El  mundo crece y se llena de nueva belleza gracias a sucesivas síntesis que se producen entre culturas abiertas, fuera de  toda imposición cultural.

149. Para estimular una sana relación entre el amor a la patria y la inserción cordial en la humanidad entera, es bueno  recordar que la sociedad mundial no es el resultado de la suma de los distintos países, sino que es la misma comunión  que existe entre ellos, es la inclusión mutua que es anterior al surgimiento de todo grupo particular. En ese  entrelazamiento de la comunión universal se integra cada grupo humano y allí encuentra su belleza. Entonces, cada  persona que nace en un contexto determinado se sabe perteneciente a una familia más grande sin la que no es posible  comprenderse en plenitud. 

150. Este enfoque, en definitiva, reclama la aceptación gozosa de que ningún pueblo, cultura o persona puede obtener  todo de sí. Los otros son constitutivamente necesarios para la construcción de una vida plena. La conciencia del límite o de la parcialidad, lejos de ser una amenaza, se vuelve la clave desde la que soñar y elaborar un proyecto común.  Porque «el hombre es el ser fronterizo que no tiene ninguna frontera».130 

Desde la propia región 

151. Gracias al intercambio regional, desde el cual los países más débiles se abren al mundo entero, es posible que la  universalidad no diluya las particularidades. Una adecuada y auténtica apertura al mundo supone la capacidad de  abrirse al vecino, en una familia de naciones. La integración cultural, económica y política con los pueblos cercanos  debería estar acompañada por un proceso educativo que promueva el valor del amor al vecino, primer ejercicio  indispensable para lograr una sana integración universal. 

152. En algunos barrios populares, todavía se vive el espíritu del “vecindario”, donde cada uno siente  espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos lugares que conservan esos valores  comunitarios, se viven las relaciones de cercanía con notas de gratuidad, solidaridad y reciprocidad, a partir del  sentido de un “nosotros” barrial.131 Ojalá pudiera vivirse esto también entre países cercanos, que sean capaces de  construir una vecindad cordial entre sus pueblos. Pero las visiones individualistas se traducen en las relaciones entre  países. El riesgo de vivir cuidándonos unos de otros, viendo a los demás como competidores o enemigos peligrosos,  se traslada a la relación con los pueblos de la región. Quizás fuimos educados en ese miedo y en esa desconfianza. 

153. Hay países poderosos y grandes empresas que sacan rédito de este aislamiento y prefieren negociar con cada  país por separado. Por el contrario, para los países pequeños o pobres se abre la posibilidad de alcanzar acuerdos  regionales con sus vecinos que les permitan negociar en bloque y evitar convertirse en segmentos marginales y   dependientes de los grandes poderes. Hoy ningún Estado nacional aislado está en condiciones de asegurar el bien  común de su propia población.

CAPÍTULO QUINTO

LA MEJOR POLÍTICA

154. Para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de pueblos  y naciones que vivan la amistad social, hace falta la mejor política puesta al servicio del verdadero bien común. En  cambio, desgraciadamente, la política hoy con frecuencia suele asumir formas que dificultan la marcha hacia un mundo distinto. 

POPULISMOS Y LIBERALISMOS 

155. El desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus  fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos. En ambos casos se advierte la  dificultad para pensar un mundo abierto que tenga lugar para todos, que incorpore a los más débiles y que respete las  diversas culturas. 

Popular o populista 

156. En los últimos años la expresión “populismo” o “populista” ha invadido los medios de comunicación y el  lenguaje en general. Así pierde el valor que podría contener y se convierte en una de las polaridades de la sociedad  dividida. Esto llegó al punto de pretender clasificar a todas las personas, agrupaciones, sociedades y gobiernos a partir  de una división binaria: “populista” o “no populista”. Ya no es posible que alguien opine sobre cualquier tema sin  que intenten clasificarlo en uno de esos dos polos, a veces para desacreditarlo injustamente o para enaltecerlo en  exceso.

157. La pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social, tiene otra debilidad: que  ignora la legitimidad de la noción de pueblo. El intento por hacer desaparecer del lenguaje esta categoría podría llevar  a eliminar la misma palabra “democracia” —es decir: el “gobierno del pueblo”—. No obstante, si no se quiere afirmar  que la sociedad es más que la mera suma de los individuos, se necesita la palabra “pueblo”. La realidad es que hay  fenómenos sociales que articulan a las mayorías, que existen megatendencias y búsquedas comunitarias. También  que se puede pensar en objetivos comunes, más allá de las diferencias, para conformar un proyecto común.  Finalmente, que es muy difícil proyectar algo grande a largo plazo si no se logra que eso se convierta en un sueño  colectivo. Todo esto se encuentra expresado en el sustantivo “pueblo” y en el adjetivo “popular”. Si no se incluyen  —junto con una sólida crítica a la demagogia— se estaría renunciando a un aspecto fundamental de la realidad social. 

158. Porque existe un malentendido: «Pueblo no es una categoría lógica, ni una categoría mística, si lo entendemos  en el sentido de que todo lo que hace el pueblo es bueno, o en el sentido de que el pueblo sea una categoría angelical.  Es una categoría mítica […] Cuando explicas lo que es un pueblo utilizas categorías lógicas porque tienes que  explicarlo: cierto, hacen falta. Pero así no explicas el sentido de pertenencia a un pueblo. La palabra pueblo tiene algo  más que no se puede explicar de manera lógica. Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hecha  de lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático, sino todo lo contrario: es un proceso lento, difícil… hacia  un proyecto común».132 

159. Hay líderes populares capaces de interpretar el sentir de un pueblo, su dinámica cultural y las grandes tendencias  de una sociedad. El servicio que prestan, aglutinando y conduciendo, puede ser la base para un proyecto duradero de  transformación y crecimiento, que implica también la capacidad de ceder lugar a otros en pos del bien común. Pero  deriva en insano populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar  políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas  de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un  avasallamiento de las instituciones y de la legalidad. 

160. Los grupos populistas cerrados desfiguran la palabra “pueblo”, puesto que en realidad no hablan de un verdadero  pueblo. En efecto, la categoría de “pueblo” es abierta. Un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto  permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente. No lo hace negándose a sí mismo, pero sí con la  disposición a ser movilizado, cuestionado, ampliado, enriquecido por otros, y de ese modo puede evolucionar. 

161. Otra expresión de la degradación de un liderazgo popular es el inmediatismo. Se responde a exigencias populares  en orden a garantizarse votos o aprobación, pero sin avanzar en una tarea ardua y constante que genere a las personas  los recursos para su propio desarrollo, para que puedan sostener su vida con su esfuerzo y su creatividad. En esta  línea dije claramente que «estoy lejos de proponer un populismo irresponsable».133 Por una parte, la superación de la  inequidad supone el desarrollo económico, aprovechando las posibilidades de cada región y asegurando así una  equidad sustentable.134 Por otra parte, «los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse  como respuestas pasajeras».135 

162. El gran tema es el trabajo. Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a  todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus  fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna. Por ello insisto en que  «ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo  debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo».136 Por más que cambien los mecanismos de  producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada

persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Porque «no existe peor pobreza que aquella que  priva del trabajo y de la dignidad del trabajo».137 En una sociedad realmente desarrollada el trabajo es una dimensión  irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse  corresponsable en el perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo. 

Valores y límites de las visiones liberales 

163. La categoría de pueblo, que incorpora una valoración positiva de los lazos comunitarios y culturales, suele ser  rechazada por las visiones liberales individualistas, donde la sociedad es considerada una mera suma de intereses que  coexisten. Hablan de respeto a las libertades, pero sin la raíz de una narrativa común. En ciertos contextos, es  frecuente acusar de populistas a todos los que defiendan los derechos de los más débiles de la sociedad. Para estas  visiones, la categoría de pueblo es una mitificación de algo que en realidad no existe. Sin embargo, aquí se crea una  polarización innecesaria, ya que ni la idea de pueblo ni la de prójimo son categorías puramente míticas o románticas  que excluyan o desprecien la organización social, la ciencia y las instituciones de la sociedad civil.138 

164. La caridad reúne ambas dimensiones —la mítica y la institucional— puesto que implica una marcha eficaz de  transformación de la historia que exige incorporarlo principalmente todo: las instituciones, el derecho, la técnica, la  experiencia, los aportes profesionales, el análisis científico, los procedimientos administrativos. Porque «no hay de  hecho vida privada si no es protegida por un orden público, un hogar cálido no tiene intimidad si no es bajo la tutela  de la legalidad, de un estado de tranquilidad fundado en la ley y en la fuerza y con la condición de un mínimo de  bienestar asegurado por la división del trabajo, los intercambios comerciales, la justicia social y la ciudadanía  política».139 

165. La verdadera caridad es capaz de incorporar todo esto en su entrega, y si debe expresarse en el encuentro persona  a persona, también es capaz de llegar a una hermana o a un hermano lejano e incluso ignorado, a través de los diversos  recursos que las instituciones de una sociedad organizada, libre y creativa son capaces de generar. Si vamos al caso,  aun el buen samaritano necesitó de la existencia de una posada que le permitiera resolver lo que él solo en ese  momento no estaba en condiciones de asegurar. El amor al prójimo es realista y no desperdicia nada que sea necesario  para una transformación de la historia que beneficie a los últimos. De otro modo, a veces se tienen ideologías de  izquierda o pensamientos sociales, junto con hábitos individualistas y procedimientos ineficaces que sólo llegan a  unos pocos. Mientras tanto, la multitud de los abandonados queda a merced de la posible buena voluntad de algunos.  Esto hace ver que es necesario fomentar no únicamente una mística de la fraternidad sino al mismo tiempo una  organización mundial más eficiente para ayudar a resolver los problemas acuciantes de los abandonados que sufren  y mueren en los países pobres. Esto a su vez implica que no hay una sola salida posible, una única metodología  aceptable, una receta económica que pueda ser aplicada igualmente por todos, y supone que aun la ciencia más  rigurosa pueda proponer caminos diferentes. 

166. Todo esto podría estar colgado de alfileres, si perdemos la capacidad de advertir la necesidad de un cambio en  los corazones humanos, en los hábitos y en los estilos de vida. Es lo que ocurre cuando la propaganda política, los  medios y los constructores de opinión pública persisten en fomentar una cultura individualista e ingenua ante los  intereses económicos desenfrenados y la organización de las sociedades al servicio de los que ya tienen demasiado  poder. Por eso, mi crítica al paradigma tecnocrático no significa que sólo intentando controlar sus excesos podremos  estar asegurados, porque el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones,  sino en el modo como las personas las utilizan. El asunto es la fragilidad humana, la tendencia constante al egoísmo  humano que forma parte de aquello que la tradición cristiana llama “concupiscencia”: la inclinación del ser humano  a encerrarse en la inmanencia de su propio yo, de su grupo, de sus intereses mezquinos. Esa concupiscencia no es un  defecto de esta época. Existió desde que el hombre es hombre y simplemente se transforma, adquiere diversas  modalidades en cada siglo, y finalmente utiliza los instrumentos que el momento histórico pone a su disposición.  Pero es posible dominarla con la ayuda de Dios. 

167. La tarea educativa, el desarrollo de hábitos solidarios, la capacidad de pensar la vida humana más integralmente,  la hondura espiritual, hacen falta para dar calidad a las relaciones humanas, de tal modo que sea la misma sociedad  la que reaccione ante sus inequidades, sus desviaciones, los abusos de los poderes económicos, tecnológicos, políticos  o mediáticos. Hay visiones liberales que ignoran este factor de la fragilidad humana, e imaginan un mundo que  responde a un determinado orden que por sí solo podría asegurar el futuro y la solución de todos los problemas. 

168. El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata  de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se  presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico “derrame” o “goteo” —sin  nombrarlo— como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no  resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social. Por una parte, es imperiosa una política económica activa orientada a «promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial»,140 para que sea posible acrecentar los puestos de trabajo en lugar de reducirlos. La  especulación financiera con la ganancia fácil como fin fundamental sigue causando estragos. Por otra parte, «sin  formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función  económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado».141 El fin de la historia no fue tal, y las recetas dogmáticas  de la teoría económica imperante mostraron no ser infalibles. La fragilidad de los sistemas mundiales frente a las  pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana  política que no esté sometida al dictado de las finanzas, «tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y  que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos».142 

169. En ciertas visiones economicistas cerradas y monocromáticas, no parecen tener lugar, por ejemplo, los  movimientos populares que aglutinan a desocupados, trabajadores precarios e informales y a tantos otros que no entran fácilmente en los cauces ya establecidos. En realidad, estos gestan variadas formas de economía popular y de  producción comunitaria. Hace falta pensar en la participación social, política y económica de tal manera «que incluya  a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente  de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común» y a su vez es  bueno promover que «estos movimientos, estas experiencias de solidaridad que crecen desde abajo, desde el subsuelo  del planeta, confluyan, estén más coordinadas, se vayan encontrando».143 Pero sin traicionar su estilo característico,  porque ellos «son sembradores de cambio, promotores de un proceso en el que confluyen millones de acciones  grandes y pequeñas encadenadas creativamente, como en una poesía».144 En este sentido son “poetas sociales”, que  trabajan, proponen, promueven y liberan a su modo. Con ellos será posible un desarrollo humano integral, que implica  superar «esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres,  nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos».145 Aunque molesten,  aunque algunos “pensadores” no sepan cómo clasificarlos, hay que tener la valentía de reconocer que sin ellos «la  democracia se atrofia, se convierte en un nominalismo, una formalidad, pierde representatividad, se va desencarnando  porque deja afuera al pueblo en su lucha cotidiana por la dignidad, en la construcción de su destino».146 

EL PODER INTERNACIONAL 

170. Me permito repetir que «la crisis financiera de 2007-2008 era la ocasión para el desarrollo de una nueva  economía más atenta a los principios éticos y para una nueva regulación de la actividad financiera especulativa y de  la riqueza ficticia. Pero no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al  mundo».147 Es más, parece que las verdaderas estrategias que se desarrollaron posteriormente en el mundo se orientaron a más individualismo, a más desintegración, a más libertad para los verdaderos poderosos que siempre  encuentran la manera de salir indemnes. 

171. Quisiera insistir en que «dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún  individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los  derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder —sea,  sobre todo, político, económico, de defensa, tecnológico— entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema  jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos  presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y —a la vez— grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un  mal ejercicio del poder».148

172. El siglo XXI «es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la  dimensión económico-financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política. En este  contexto, se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente  organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de  poder para sancionar».149 Cuando se habla de la posibilidad de alguna forma de autoridad mundial regulada por el  derecho150 no necesariamente debe pensarse en una autoridad personal. Sin embargo, al menos debería incluir la  gestación de organizaciones mundiales más eficaces, dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial, la  erradicación del hambre y la miseria, y la defensa cierta de los derechos humanos elementales. 

173. En esta línea, recuerdo que es necesaria una reforma «tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de  la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de  naciones».151 Sin duda esto supone límites jurídicos precisos que eviten que se trate de una autoridad cooptada por unos pocos países, y que a su vez impidan imposiciones culturales o el menoscabo de las libertades básicas de las  naciones más débiles a causa de diferencias ideológicas. Porque «la Comunidad Internacional es una comunidad  jurídica fundada en la soberanía de cada uno de los Estados miembros, sin vínculos de subordinación que nieguen o  limiten su independencia».152 Pero «la labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de  los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía  del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. […]  Hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental».153 Es necesario evitar que esta Organización sea deslegitimizada, porque sus problemas o deficiencias pueden ser afrontados y resueltos conjuntamente. 

174. Hacen falta valentía y generosidad en orden a establecer libremente determinados objetivos comunes y asegurar  el cumplimiento en todo el mundo de algunas normas básicas. Para que esto sea realmente útil, se debe sostener «la exigencia de mantener los acuerdos suscritos —pacta sunt servanda—»,154 de manera que se evite «la tentación de  apelar al derecho de la fuerza más que a la fuerza del derecho».155 Esto requiere fortalecer «los instrumentos  normativos para la solución pacífica de las controversias de modo que se refuercen su alcance y su obligatoriedad».156 

Entre estos instrumentos normativos, deben ser favorecidos los acuerdos multilaterales entre los Estados, porque  garantizan mejor que los acuerdos bilaterales el cuidado de un bien común realmente universal y la protección de los Estados más débiles. 

175. Gracias a Dios tantas agrupaciones y organizaciones de la sociedad civil ayudan a paliar las debilidades de la  Comunidad internacional, su falta de coordinación en situaciones complejas, su falta de atención frente a derechos humanos fundamentales y a situaciones muy críticas de algunos grupos. Así adquiere una expresión concreta el  principio de subsidiariedad, que garantiza la participación y la acción de las comunidades y organizaciones de menor  rango, las que complementan la acción del Estado. Muchas veces desarrollan esfuerzos admirables pensando en el  bien común y algunos de sus miembros llegan a realizar gestos verdaderamente heroicos que muestran de cuánta  belleza todavía es capaz nuestra humanidad.

UNA CARIDAD SOCIAL Y POLÍTICA 

176. Para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este hecho están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos. A esto se añaden las estrategias que buscan debilitarla,  reemplazarla por la economía o dominarla con alguna ideología. Pero, ¿puede funcionar el mundo sin política?  ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política?157 

La política que se necesita 

177. Me permito volver a insistir que «la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los  dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia».158 Aunque haya que rechazar el mal uso del poder, la  corrupción, la falta de respeto a las leyes y la ineficiencia, «no se puede justificar una economía sin política, que sería  incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la crisis actual».159 Al contrario, «necesitamos una  política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo  interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis».160 Pienso en «una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas».161 No  se puede pedir esto a la economía, ni se puede aceptar que esta asuma el poder real del Estado. 

178. Ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de política, recuerdo que «la grandeza política se muestra cuando,  en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político  le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación»162 y más aún en un proyecto común para la humanidad  presente y futura. Pensar en los que vendrán no sirve a los fines electorales, pero es lo que exige una justicia auténtica,  porque, como enseñaron los Obispos de Portugal, la tierra «es un préstamo que cada generación recibe y debe  transmitir a la generación siguiente».163 

179. La sociedad mundial tiene serias fallas estructurales que no se resuelven con parches o soluciones rápidas  meramente ocasionales. Hay cosas que deben ser cambiadas con replanteos de fondo y transformaciones importantes.  Sólo una sana política podría liderarlo, convocando a los más diversos sectores y a los saberes más variados. De esa  manera, una economía integrada en un proyecto político, social, cultural y popular que busque el bien común puede  «abrir camino a oportunidades diferentes, que no implican detener la creatividad humana y su sueño de progreso,  sino orientar esa energía con cauces nuevos».164 

El amor político 

180. Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos  no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente  posibles. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en «el campo de la más amplia caridad, la caridad política».165 Se trata de avanzar hacia un  orden social y político cuya alma sea la caridad social.166 Una vez más convoco a rehabilitar la política, que «es una  altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común».167

181. Todos los compromisos que brotan de la Doctrina Social de la Iglesia «provienen de la caridad que, según la  enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40)».168 Esto supone reconocer que «el amor, lleno de  pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran  construir un mundo mejor».169 Por esa razón, el amor no sólo se expresa en relaciones íntimas y cercanas, sino  también en «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas».170 

182. Esta caridad política supone haber desarrollado un sentido social que supera toda mentalidad individualista: «La  caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas,  consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une».171 Cada uno es plenamente  persona cuando pertenece a un pueblo, y al mismo tiempo no hay verdadero pueblo sin respeto al rostro de cada  persona. Pueblo y persona son términos correlativos. Sin embargo, hoy se pretende reducir las personas a individuos,  fácilmente dominables por poderes que miran a intereses espurios. La buena política busca caminos de construcción  de comunidades en los distintos niveles de la vida social, en orden a reequilibrar y reorientar la globalización para  evitar sus efectos disgregantes.

Amor efectivo 

183. A partir del «amor social»172 es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos  convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo,173 porque no es un  sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos. El amor social es una  «fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente  desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos».174 

184. La caridad está en el corazón de toda vida social sana y abierta. Sin embargo, hoy «se afirma fácilmente su  irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales».175 Es mucho más que sentimentalismo subjetivo, si es que está unida al compromiso con la verdad, de manera que no sea «presa fácil de las emociones y  las opiniones contingentes de los sujetos».176 Precisamente su relación con la verdad facilita a la caridad su universalismo y así evita ser «relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado».177 De otro modo, será «excluida  de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y  operatividad».178 Sin la verdad, la emotividad se vacía de contenidos relacionales y sociales. Por eso la apertura a la  verdad protege a la caridad de una falsa fe que se queda sin «su horizonte humano y universal».179 

185. La caridad necesita la luz de la verdad que constantemente buscamos y «esta luz es simultáneamente la de la  razón y la de la fe»,180 sin relativismos. Esto supone también el desarrollo de las ciencias y su aporte insustituible  para encontrar los caminos concretos y más seguros para obtener los resultados que se esperan. Porque cuando está en juego el bien de los demás no bastan las buenas intenciones, sino lograr efectivamente lo que ellos y sus naciones  necesitan para realizarse.

LA ACTIVIDAD DEL AMOR POLÍTICO 

186. Hay un llamado amor “elícito”, que son los actos que proceden directamente de la virtud de la caridad, dirigidos  a personas y a pueblos. Hay además un amor “imperado”: aquellos actos de la caridad que impulsan a crear  instituciones más sanas, regulaciones más justas, estructuras más solidarias.181 De ahí que sea «un acto de caridad  igualmente indispensable el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga  que padecer la miseria».182 Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza,  aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. 

Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso  también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo  altísimo de la caridad que ennoblece su acción política. 

Los desvelos del amor 

187. Esta caridad, corazón del espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos, que está detrás  de todas las acciones que se realicen a su favor.183 Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la  caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad,   respetados en su estilo propio y en su cultura, y por lo tanto verdaderamente integrados en la sociedad. Esta mirada  es el núcleo del verdadero espíritu de la política. Desde allí los caminos que se abren son diferentes a los de un  pragmatismo sin alma. Por ejemplo, «no se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de  contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos. Qué triste ver  cuando detrás de supuestas obras altruistas, se reduce al otro a la pasividad».184 Lo que se necesita es que haya  diversos cauces de expresión y de participación social. La educación está al servicio de ese camino para que cada ser  humano pueda ser artífice de su destino. Aquí muestra su valor el principio de subsidiariedad, inseparable del  principio de solidaridad.  

188. Esto provoca la urgencia de resolver todo lo que atenta contra los derechos humanos fundamentales. Los  políticos están llamados a «preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la  fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que  conduce inexorablemente a la “cultura del descarte”. […] Significa hacerse cargo del presente en su situación más  marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».185 Así ciertamente se genera una actividad intensa,  porque «hay que hacer lo que sea para salvaguardar la condición y dignidad de la persona humana».186 El político es  un hacedor, un constructor con grandes objetivos, con mirada amplia, realista y pragmática, aún más allá de su propio  país. Las mayores angustias de un político no deberían ser las causadas por una caída en las encuestas, sino por no  resolver efectivamente «el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de  seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo,  incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la  magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de  caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos».187 Esto se hace aprovechando con  inteligencia los grandes recursos del desarrollo tecnológico.

189. Todavía estamos lejos de una globalización de los derechos humanos más básicos. Por eso la política mundial  no puede dejar de colocar entre sus objetivos principales e imperiosos el de acabar eficazmente con el hambre. Porque  «cuando la especulación financiera condiciona el precio de los alimentos tratándolos como a cualquier mercancía,  millones de personas sufren y mueren de hambre. Por otra parte, se desechan toneladas de alimentos. Esto constituye  un verdadero escándalo. El hambre es criminal, la alimentación es un derecho inalienable».188 Mientras muchas veces  nos enfrascamos en discusiones semánticas o ideológicas, permitimos que todavía hoy haya hermanas y hermanos  que mueran de hambre o de sed, sin un techo o sin acceso al cuidado de su salud. Junto con estas necesidades  elementales insatisfechas, la trata de personas es otra vergüenza para la humanidad que la política internacional no  debería seguir tolerando, más allá de los discursos y las buenas intenciones. Son mínimos impostergables. 

Amor que integra y reúne

190. La caridad política se expresa también en la apertura a todos. Principalmente aquel a quien le toca gobernar, está  llamado a renuncias que hagan posible el encuentro, y busca la confluencia al menos en algunos temas. Sabe escuchar  el punto de vista del otro facilitando que todos tengan un espacio. Con renuncias y paciencia un gobernante puede  ayudar a crear ese hermoso poliedro donde todos encuentran un lugar. En esto no funcionan las negociaciones de tipo  económico. Es algo más, es un intercambio de ofrendas en favor del bien común. Parece una utopía ingenua, pero no  podemos renunciar a este altísimo objetivo.

191. Mientras vemos que todo tipo de intolerancias fundamentalistas daña las relaciones entre personas, grupos y  pueblos, vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor capaz de asumir toda diferencia, la prioridad de  la dignidad de todo ser humano sobre cualesquiera fuesen sus ideas, sentimientos, prácticas y aun sus pecados.

Mientras en la sociedad actual proliferan los fanatismos, las lógicas cerradas y la fragmentación social y cultural, un  buen político da el primer paso para que resuenen las distintas voces. Es cierto que las diferencias generan conflictos,  pero la uniformidad genera asfixia y hace que nos fagocitemos culturalmente. No nos resignemos a vivir encerrados  en un fragmento de realidad. 

192. En este contexto, quiero recordar que, junto con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, pedimos «a los artífices de la  política internacional y de la economía mundial, comprometerse seriamente para difundir la cultura de la tolerancia,  de la convivencia y de la paz; intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente».189 Y  cuando una determinada política siembra el odio o el miedo hacia otras naciones en nombre del bien del propio país,  es necesario preocuparse, reaccionar a tiempo y corregir inmediatamente el rumbo. 

MÁS FECUNDIDAD QUE ÉXITOS 

193. Al mismo tiempo que desarrolla esta actividad incansable, todo político también es un ser humano. Está llamado  a vivir el amor en sus relaciones interpersonales cotidianas. Es una persona, y necesita advertir que «el mundo  moderno, por su misma perfección técnica tiende a racionalizar, cada día más, la satisfacción de los deseos humanos,  clasificados y repartidos entre diversos servicios. Cada vez menos se llama a un hombre por su nombre propio, cada  vez menos se tratará como persona a este ser, único en el mundo, que tiene su propio corazón, sus sufrimientos, sus  problemas, sus alegrías y su propia familia. Sólo se conocerán sus enfermedades para curarlas, su falta de dinero para  proporcionárselo, su necesidad de casa para alojarlo, su deseo de esparcimiento y de distracciones para  organizárselas». Pero «amar al más insignificante de los seres humanos como a un hermano, como si no hubiera más  que él en el mundo, no es perder el tiempo».190 

194. También en la política hay lugar para amar con ternura. «¿Qué es la ternura? Es el amor que se hace cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos. […] La ternura es el camino que han recorrido los hombres y las mujeres más valientes y fuertes».191 En medio de la actividad política, «los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben enternecernos: tienen “derecho” de llenarnos el alma y el corazón. Sí, ellos son nuestros hermanos y como tales tenemos que amarlos y tratarlos».192

195. Esto nos ayuda a reconocer que no siempre se trata de lograr grandes éxitos, que a veces no son posibles. En la actividad política hay que recordar que «más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!».193 Los grandes objetivos soñados en las estrategias se logran parcialmente. Más allá de esto, quien ama y ha dejado de entender la política como
una mera búsqueda de poder «tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da
vueltas por el mundo como una fuerza de vida».194

196. Por otra parte, una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra. La buena política une al amor la esperanza, la confianza en las reservas de bien que hay en el corazón del pueblo, a pesar de todo. Por eso «la
auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales».195

197. Vista de esta manera, la política es más noble que la apariencia, que el marketing, que distintas formas de maquillaje mediático. Todo eso lo único que logra sembrar es división, enemistad y un escepticismo desolador incapaz de apelar a un
proyecto común. Pensando en el futuro, algunos días las preguntas tienen que ser: “¿Para qué? ¿Hacia dónde estoy apuntando realmente?”. Porque, después de unos años, reflexionando sobre el propio pasado la pregunta no será: “¿Cuántos me aprobaron, cuántos me votaron, cuántos tuvieron una imagen positiva de mí?”. Las preguntas, quizás dolorosas, serán: “¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice
avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, cuánta paz social sembré, qué provoqué en el lugar que se me encomendó?”.

CAPITULO SEXTO

DIÁLOGO Y AMISTAD SOCIAL

198. Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a
familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta.

EL DIÁLOGO SOCIAL HACIA UNA NUEVA CULTURA

199. Algunos tratan de huir de la realidad refugiándose en mundos privados, y otros la enfrentan con violencia destructiva, pero «entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo en el pueblo, porque todos somos pueblo, la capacidad de
dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad. Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación».196

200. Se suele confundir el diálogo con algo muy diferente: un febril intercambio de opiniones en las redes sociales, muchas veces orientado por información mediática no siempre confiable. Son sólo monólogos que proceden paralelos, quizás imponiéndose a la atención de los demás por sus tonos altos o agresivos. Pero los monólogos nocomprometen a nadie, hasta el punto de que sus contenidos frecuentemente son oportunistas y contradictorios.

201. La resonante difusión de hechos y reclamos en los medios, en realidad suele cerrar las posibilidades del diálogo, porque permite que cada uno mantenga intocables y sin matices sus ideas, intereses y opciones con la excusa de los errores ajenos. Prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora. Lo peor es que este lenguaje, habitual en el contexto mediático de una campaña política, se ha generalizado de tal manera que todos lo utilizan cotidianamente. El debate frecuentemente es manoseado por determinados intereses que tienen mayor poder, procurando deshonestamente inclinar la opinión pública a su favor. No me refiero solamente al gobierno de turno, ya que este poder manipulador puede ser económico, político, mediático, religioso o de cualquier género. A veces se lo justifica o excusa cuando su dinámica responde a los propios intereses económicos o ideológicos, pero tarde o temprano se vuelve en contra de esos mismos intereses.

202. La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Así las conversaciones se convertirán en meras negociaciones para que cada uno pueda rasguñar todo el poder y los mayores beneficios posibles, no en una búsqueda conjunta que genere bien común. Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad.

Construir en común

203. El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía. Es cierto que cuando una persona o un grupo es coherente con lo que piensa, adhiere firmemente a valores y convicciones, y desarrolla un pensamiento, eso de un modo o de otro beneficiará a la sociedad. Pero esto sólo ocurre realmente en la medida en que dicho desarrollo se realice en diálogo y apertura a los otros. Porque «en un verdadero espíritu de diálogo se alimenta la capacidad de comprender el sentido de lo que el otro dice y hace, aunque uno no pueda asumirlo como una convicción propia. Así se vuelve posible ser sinceros, no disimular lo que creemos, sin dejar de conversar, de buscar puntos de contacto, y sobre todo de trabajar y luchar juntos».197 La discusión pública, si verdaderamente da espacio a todos y no manipula ni esconde información, es un permanente estímulo que permite alcanzar más adecuadamente la verdad, o al menos expresarla mejor. Impide que los diversos sectores se instalen cómodos y autosuficientes en su modo de ver las cosas y en sus intereses limitados. Pensemos que «las diferencias son creativas, crean tensión y en la resolución de una tensión está el progreso de la humanidad».198

204. Hoy existe la convicción de que, además de los desarrollos científicos especializados, es necesaria la comunicación entre disciplinas, puesto que la realidad es una, aunque pueda ser abordada desde distintas perspectivas y con diferentes metodologías. No se debe soslayar el riesgo de que un avance científico sea considerado el único abordaje posible para comprender algún aspecto de la vida, de la sociedad y del mundo. En cambio, un investigador que avanza con eficiencia en su análisis, e igualmente está dispuesto a reconocer otras dimensiones de la realidad que él investiga, gracias al trabajo de otras ciencias y saberes, se abre a conocer la realidad de manera más íntegra y plena.

205. En este mundo globalizado «los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos. […] Pueden ayudarnos en
esta tarea, especialmente hoy, cuando las redes de la comunicación humana han alcanzado niveles de desarrollo inauditos. En particular, internet puede ofrecer mayores posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos; y esto es algo bueno, es un don de Dios».199 Pero es necesario verificar constantemente que las actuales formas de comunicación nos orienten efectivamente al encuentro generoso, a la búsqueda sincera de la verdad íntegra, al servicio, a la cercanía con los últimos, a la tarea de construir el bien común. Al mismo tiempo, como enseñaron los Obispos de Australia, «no podemos aceptar un mundo digital diseñado para explotar nuestra debilidad y sacar afuera lo peor de la gente».200

EL FUNDAMENTO DE LOS CONSENSOS

206. El relativismo no es la solución. Envuelto detrás de una supuesta tolerancia, termina facilitando que los valores morales sean interpretados por los poderosos según las conveniencias del momento. Si en definitiva «no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas […] no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes. […] Cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar».201

207. ¿Es posible prestar atención a la verdad, buscar la verdad
que responde a nuestra realidad más honda? ¿Qué es la ley sin la
convicción alcanzada tras un largo camino de reflexión y de
sabiduría, de que cada ser humano es sagrado e inviolable? Para
que una sociedad tenga futuro es necesario que haya asumido un
sentido respeto hacia la verdad de la dignidad humana, a la que nos
sometemos. Entonces no se evitará matar a alguien sólo para evitar
el escarnio social y el peso de la ley, sino por convicción. Es una
verdad irrenunciable que reconocemos con la razón y aceptamos
con la conciencia. Una sociedad es noble y respetable también por
su cultivo de la búsqueda de la verdad y por su apego a las
verdades más fundamentales.

208. Hay que acostumbrarse a desenmascarar las diversas maneras de manoseo, desfiguración y ocultamiento de la verdad en los ámbitos públicos y privados. Lo que llamamos “verdad” no es sólo la difusión de hechos que realiza el periodismo. Es ante todo la búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes. Esto supone aceptar que la inteligencia humana puede ir más allá de las conveniencias del momento y captar algunas verdades que no cambian, que eran verdad antes de nosotros y lo serán siempre. Indagando la naturaleza humana, la razón descubre valores que son universales, porque derivan de ella.

209. De otro modo, ¿no podría suceder quizás que los
derechos humanos fundamentales, hoy considerados
infranqueables, sean negados por los poderosos de turno, luego de
haber logrado el “consenso” de una población adormecida y
amedrentada? Tampoco sería suficiente un mero consenso entre
los distintos pueblos, igualmente manipulable. Ya tenemos pruebas
de sobra de todo el bien que somos capaces de realizar, pero, al
mismo tiempo, tenemos que reconocer la capacidad de destrucción
que hay en nosotros. El individualismo indiferente y despiadado en
el que hemos caído, ¿no es también resultado de la pereza para
buscar los valores más altos, que vayan más allá de las
necesidades circunstanciales? Al relativismo se suma el riesgo de
que el poderoso o el más hábil termine imponiendo una supuesta
verdad. En cambio, «ante las normas morales que prohíben el mal
intrínseco no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay
ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los
miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos
absolutamente iguales».202

210. Lo que nos ocurre hoy, y nos arrastra en una lógica
perversa y vacía, es que hay una asimilación de la ética y de la
política a la física. No existen el bien y el mal en sí, sino solamente
un cálculo de ventajas y desventajas. El desplazamiento de la razón
moral trae como consecuencia que el derecho no puede referirse a
una concepción fundamental de justicia, sino que se convierte en el
espejo de las ideas dominantes. Entramos aquí en una degradación:
ir “nivelando hacia abajo” por medio de un consenso superficial y
negociador. Así, en definitiva, la lógica de la fuerza triunfa.

El consenso y la verdad

211. En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado
para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y
respetado, y que está más allá del consenso circunstancial.
Hablamos de un diálogo que necesita ser enriquecido e iluminado
por razones, por argumentos racionales, por variedad de
perspectivas, por aportes de diversos saberes y puntos de vista, y
que no excluye la convicción de que es posible llegar a algunas
verdades elementales que deben y deberán ser siempre sostenidas.
Aceptar que hay algunos valores permanentes, aunque no siempre
sea fácil reconocerlos, otorga solidez y estabilidad a una ética
social. Aun cuando los hayamos reconocido y asumido gracias al
diálogo y al consenso, vemos que esos valores básicos están más
allá de todo consenso, los reconocemos como valores
trascendentes a nuestros contextos y nunca negociables. Podrá
crecer nuestra comprensión de su significado y alcance —y en ese
sentido el consenso es algo dinámico—, pero en sí mismos son
apreciados como estables por su sentido intrínseco.

212. Si algo es siempre conveniente para el buen
funcionamiento de la sociedad, ¿no es porque detrás de eso hay
una verdad permanente, que la inteligencia puede captar? En la
realidad misma del ser humano y de la sociedad, en su naturaleza
íntima, hay una serie de estructuras básicas que sostienen su
desarrollo y su supervivencia. De allí se derivan determinadas
exigencias que pueden ser descubiertas gracias al diálogo, si bien
no son estrictamente fabricadas por el consenso. El hecho de que
ciertas normas sean indispensables para la misma vida social es un
indicio externo de que son algo bueno en sí mismo. Por
consiguiente, no es necesario contraponer la conveniencia social, el
consenso y la realidad de una verdad objetiva. Estas tres pueden
unirse armoniosamente cuando, a través del diálogo, las personas
se atreven a llegar hasta el fondo de una cuestión.

213. Si hay que respetar en toda situación la dignidad ajena, es
porque nosotros no inventamos o suponemos la dignidad de los
demás, sino porque hay efectivamente en ellos un valor que supera
las cosas materiales y las circunstancias, y que exige que se les
trate de otra manera. Que todo ser humano posee una dignidad
inalienable es una verdad que responde a la naturaleza humana más
allá de cualquier cambio cultural. Por eso el ser humano tiene la
misma dignidad inviolable en cualquier época de la historia y nadie
puede sentirse autorizado por las circunstancias a negar esta
convicción o a no obrar en consecuencia. La inteligencia puede
entonces escrutar en la realidad de las cosas, a través de la
reflexión, de la experiencia y del diálogo, para reconocer en esa
realidad que la trasciende la base de ciertas exigencias morales
universales.

214. A los agnósticos, este fundamento podrá parecerles
suficiente para otorgar una firme y estable validez universal a los
principios éticos básicos y no negociables, que pueda impedir
nuevas catástrofes. Para los creyentes, esa naturaleza humana,
fuente de principios éticos, ha sido creada por Dios, quien, en
definitiva, otorga un fundamento sólido a esos principios.203 Esto no
establece un fijismo ético ni da lugar a la imposición de algún
sistema moral, puesto que los principios morales elementales y
universalmente válidos pueden dar lugar a diversas normativas
prácticas. Por eso deja siempre un lugar para el diálogo.

UNA NUEVA CULTURA

215. «La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida».204 Reiteradas veces he invitado a desarrollar una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Es un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices, ya que «el todo es superior a la parte».205 El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica incluir a las periferias. Quien está en ellas tiene otro punto de vista, ve aspectos de la realidad que no se reconocen desde los centros de poder donde se toman las decisiones más definitorias.

El encuentro hecho cultura

216. La palabra “cultura” indica algo que ha penetrado en el
pueblo, en sus convicciones más entrañables y en su estilo de vida.
Si hablamos de una “cultura” en el pueblo, eso es más que una idea
o una abstracción. Incluye las ganas, el entusiasmo y finalmente una
forma de vivir que caracteriza a ese conjunto humano. Entonces,
hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos
apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender
puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido
en deseo y en estilo de vida. El sujeto de esta cultura es el pueblo,
no un sector de la sociedad que busca pacificar al resto con
recursos profesionales y mediáticos.

217. La paz social es trabajosa, artesanal. Sería más fácil contener las libertades y las diferencias con un poco de astucia y de recursos. Pero esa paz sería superficial y frágil, no el fruto de una cultura del encuentro que la sostenga. Integrar a los diferentes es mucho más difícil y lento, aunque es la garantía de una paz real y sólida. Esto no se consigue agrupando sólo a los puros, porque «aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse».206 Tampoco consiste en una paz que surge acallando las reivindicaciones
sociales o evitando que hagan lío, ya que no es «un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz».207 Lo que vale es generar procesos de encuentro, procesos que construyan un pueblo que sabe recoger las diferencias. ¡Armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo! ¡Enseñémosles la buena batalla del encuentro!

El gusto de reconocer al otro

218. Esto implica el hábito de reconocer al otro el derecho de
ser él mismo y de ser diferente. A partir de ese reconocimiento
hecho cultura se vuelve posible la gestación de un pacto social. Sin
ese reconocimiento surgen maneras sutiles de buscar que el otro
pierda todo significado, que se vuelva irrelevante, que no se le
reconozca algún valor en la sociedad. Detrás del rechazo de
determinadas formas visibles de violencia, suele esconderse otra
violencia más solapada: la de quienes desprecian al diferente, sobre
todo cuando sus reclamos perjudican de algún modo los propios
intereses.

219. Cuando un sector de la sociedad pretende disfrutar de todo lo que
ofrece el mundo, como si los pobres no existieran, eso en algún
momento tiene sus consecuencias. Ignorar la existencia y los
derechos de los otros, tarde o temprano provoca alguna forma de
violencia, muchas veces inesperada. Los sueños de la libertad, la
igualdad y la fraternidad pueden quedar en el nivel de las meras
formalidades, porque no son efectivamente para todos. Por lo tanto,
no se trata solamente de buscar un encuentro entre los que
detentan diversas formas de poder económico, político o
académico. Un encuentro social real pone en verdadero diálogo las
grandes formas culturales que representan a la mayoría de la
población. Con frecuencia las buenas propuestas no son asumidas
por los sectores más empobrecidos porque se presentan con un
ropaje cultural que no es el de ellos y con el que no pueden sentirse
identificados. Por consiguiente, un pacto social realista e inclusivo
debe ser también un “pacto cultural”, que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en
la sociedad.

220. Por ejemplo, los pueblos originarios no están en contra del
progreso, si bien tienen una idea de progreso diferente, muchas
veces más humanista que la de la cultura moderna de los
desarrollados. No es una cultura orientada al beneficio de los que
tienen poder, de los que necesitan crear una especie de paraíso
eterno en la tierra. La intolerancia y el desprecio ante las culturas
populares indígenas es una verdadera forma de violencia, propia de
los “eticistas” sin bondad que viven juzgando a los demás. Pero
ningún cambio auténtico, profundo y estable es posible si no se
realiza a partir de las diversas culturas, principalmente de los
pobres. Un pacto cultural supone renunciar a entender la identidad
de un lugar de manera monolítica, y exige respetar la diversidad
ofreciéndole caminos de promoción y de integración social.

221. Este pacto también implica aceptar la posibilidad de ceder
algo por el bien común. Ninguno podrá tener toda la verdad ni
satisfacer la totalidad de sus deseos, porque esa pretensión llevaría
a querer destruir al otro negándole sus derechos. La búsqueda de
una falsa tolerancia tiene que ceder paso al realismo dialogante, de
quien cree que debe ser fiel a sus principios, pero reconociendo
que el otro también tiene el derecho de tratar de ser fiel a los suyos.
Es el auténtico reconocimiento del otro, que sólo el amor hace
posible, y que significa colocarse en el lugar del otro para descubrir
qué hay de auténtico, o al menos de comprensible, en medio de sus
motivaciones e intereses.

RECUPERAR LA AMABILIDAD

222. El individualismo consumista provoca mucho atropello. Los demás se convierten en meros obstáculos para la propia tranquilidad placentera. Entonces se los termina tratando como molestias y la agresividad crece. Esto se acentúa y llega a niveles exasperantes en épocas de crisis, en situaciones catastróficas, en momentos difíciles donde sale a plena luz el espíritu del “sálvese quien pueda”. Sin embargo, todavía es posible optar por el cultivo de la amabilidad. Hay personas que lo hacen y se convierten en estrellas en medio de la oscuridad.

223. San Pablo mencionaba un fruto del Espíritu Santo con la
palabra griega jrestótes (Ga 5,22), que expresa un estado de ánimo
que no es áspero, rudo, duro, sino afable, suave, que sostiene y
conforta. La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás a
que su existencia sea más soportable, sobre todo cuando cargan
con el peso de sus problemas, urgencias y angustias. Es una
manera de tratar a otros que se manifiesta de diversas formas:
como amabilidad en el trato, como un cuidado para no herir con las
palabras o gestos, como un intento de aliviar el peso de los demás.
Implica «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen,
que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan,
que entristecen, que irritan, que desprecian».208

224. La amabilidad es una liberación de la crueldad que a
veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos
deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que
los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni
tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los
demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en
cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un
lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar
una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un
espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo,
vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las
incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no
es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que
supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad
transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el
modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de
consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los
puentes.

CAPITULO SEPTIMO

CAMINOS DE REENCUENTRO

225. En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia.

RECOMENZAR DESDE LA VERDAD

226. Reencuentro no significa volver a un momento anterior a los conflictos. Con el tiempo todos hemos cambiado. El dolor y los enfrentamientos nos han transformado. Además, ya no hay lugar para diplomacias vacías, para disimulos, para dobles discursos, para ocultamientos, para buenos modales que esconden la realidad. Los que han estado duramente enfrentados conversan desde la verdad, clara y desnuda. Les hace falta aprender a cultivar una memoria penitencial, capaz de asumir el pasado para liberar el futuro de las propias insatisfacciones, confusiones o proyecciones.

Sólo desde la verdad histórica de los hechos podrán hacer el esfuerzo perseverante y largo de comprenderse mutuamente y de intentar una nueva síntesis para el bien de todos. La realidad es que «el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la
memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza».209 Como dijeron los Obispos del Congo con respecto a un conflicto que se repite, «los acuerdos de paz en los papeles nunca serán suficientes. Será necesario ir más lejos, integrando la exigencia de verdad sobre los orígenes de esta crisis recurrente. El pueblo tiene el derecho de saber qué pasó».210

227. En efecto, «la verdad es una compañera inseparable de la
justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para
construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las
otras sean alteradas. […] La verdad no debe, de hecho, conducir a
la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad
es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido
con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con
los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad
es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de
abusos. […] Cada violencia cometida contra un ser humano es una
herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos
disminuye como personas. […] La violencia engendra violencia, el
odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que
romper esa cadena que se presenta como ineludible».211

LA ARQUITECTURA Y LA ARTESANÍA DE LA PAZ

228. El camino hacia la paz no implica homogeneizar la
sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos
en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un
determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes
propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien
común. Es necesario tratar de identificar bien los problemas que
atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras
de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor
convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro
aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda
ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal.
Porque «nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o
hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva
dentro de él»,212 promesa que deja siempre un resquicio de
esperanza.

229. Como enseñaron los Obispos de Sudáfrica, la verdadera
reconciliación se alcanza de manera proactiva, «formando una
nueva sociedad basada en el servicio a los demás, más que en el
deseo de dominar; una sociedad basada en compartir con otros lo
que uno posee, más que en la lucha egoísta de cada uno por la
mayor riqueza posible; una sociedad en la que el valor de estar
juntos como seres humanos es definitivamente más importante que
cualquier grupo menor, sea este la familia, la nación, la raza o la
cultura».213 Los Obispos de Corea del Sur señalaron que una
verdadera paz «sólo puede lograrse cuando luchamos por la justicia
a través del diálogo, persiguiendo la reconciliación y el desarrollo
mutuo».214

230. El esfuerzo duro por superar lo que nos divide sin perder la
identidad de cada uno, supone que en todos permanezca vivo un básico
sentimiento de pertenencia. Porque «nuestra sociedad gana cuando cada
persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa. En una
familia, los padres, los abuelos, los hijos son de casa; ninguno está
excluido. Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya
buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan; su dolor es de
todos. […] En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos
trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo
sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese
lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después. Las
alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos. ¡Eso sí es ser
familia! Si pudiéramos lograr ver al oponente político o al vecino de casa
con los mismos ojos que a los hijos, esposas, esposos, padres o madres,
qué bueno sería. ¿Amamos nuestra sociedad o sigue siendo algo lejano,
algo anónimo, que no nos involucra, no nos mete, no nos
compromete?».215

231. Muchas veces es muy necesario negociar y así desarrollar cauces concretos para la paz. Pero los procesos efectivos de una paz duradera son ante todo transformaciones artesanales obradas por los pueblos, donde cada ser humano puede ser un fermento eficaz con su estilo de vida cotidiana. Las grandes transformaciones no son fabricadas en escritorios o despachos. Entonces «cada uno juega un papel fundamental en un único proyecto creador, para escribir una nueva página de la historia, una página llena de esperanza, llena de paz, llena de reconciliación».216 Hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra a todos. A partir de diversos procesos de paz que se desarrollaron en distintos lugares del mundo «hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanzan con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad. […] Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva».217

232. No hay punto final en la construcción de la paz social de
un país, sino que es «una tarea que no da tregua y que exige el
compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el
esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los
obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de
lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la
cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción
política, social y económica, a la persona humana, su altísima
dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos
haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses
sólo particulares y a corto plazo».218 Las manifestaciones públicas
violentas, de un lado o de otro, no ayudan a encontrar caminos de
salida. Sobre todo porque, como bien han señalado los Obispos de
Colombia, cuando se alientan «movilizaciones ciudadanas no
siempre aparecen claros sus orígenes y objetivos, hay ciertas
formas de manipulación política y se han percibido apropiaciones a
favor de intereses particulares».219

233. La procura de la amistad social no implica solamente el
acercamiento entre grupos sociales distanciados a partir de algún
período conflictivo de la historia, sino también la búsqueda de un
reencuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables. La
paz «no sólo es ausencia de guerra sino el compromiso incansable
—especialmente de aquellos que ocupamos un cargo de más
amplia responsabilidad— de reconocer, garantizar y reconstruir
concretamente la dignidad tantas veces olvidada o ignorada de
hermanos nuestros, para que puedan sentirse los principales
protagonistas del destino de su nación».220

234. Frecuentemente se ha ofendido a los últimos de la
sociedad con generalizaciones injustas. Si a veces los más pobres y
los descartados reaccionan con actitudes que parecen antisociales,
es importante entender que muchas veces esas reacciones tienen
que ver con una historia de menosprecio y de falta de inclusión
social. Como enseñaron los Obispos latinoamericanos, «sólo la
cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente
los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo
propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la
amistad con los pobres».221

235. Quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben
olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral
no permiten generar paz. En efecto, «sin igualdad de oportunidades,
las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo
de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la
sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una
parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos
policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la
tranquilidad».222 Si hay que volver a empezar, siempre será desde
los últimos.

EL VALOR Y EL SENTIDO DEL PERDÓN

236. Algunos prefieren no hablar de reconciliación porque
entienden que el conflicto, la violencia y las rupturas son parte del
funcionamiento normal de una sociedad. De hecho, en cualquier
grupo humano hay luchas de poder más o menos sutiles entre
distintos sectores. Otros sostienen que dar lugar al perdón es ceder
el propio espacio para que otros dominen la situación. Por eso,
consideran que es mejor mantener un juego de poder que permita
sostener un equilibrio de fuerzas entre los distintos grupos. Otros
creen que la reconciliación es cosa de débiles, que no son capaces
de un diálogo hasta el fondo, y por eso optan por escapar de los
problemas disimulando las injusticias. Incapaces de enfrentar los
problemas, eligen una paz aparente.

El conflicto inevitable

237. El perdón y la reconciliación son temas fuertemente acentuados en el cristianismo y, de diversas formas, en otras religiones. El riesgo está en no comprender adecuadamente las convicciones creyentes y presentarlas de tal modo que terminen alimentando el fatalismo, la inercia o la injusticia, o por otro lado la intolerancia y la violencia.

238. Jesucristo nunca invitó a fomentar la violencia o la
intolerancia. Él mismo condenaba abiertamente el uso de la fuerza
para imponerse a los demás: «Ustedes saben que los jefes de las
naciones las someten y los poderosos las dominan. Entre ustedes
no debe ser así» (Mt 20,25-26). Por otra parte, el Evangelio pide
perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) y pone el ejemplo del
servidor despiadado, que fue perdonado pero él a su vez no fue
capaz de perdonar a otros (cf. Mt 18,23-35).

239. Si leemos otros textos del Nuevo Testamento, podemos
advertir que de hecho las comunidades primitivas, inmersas en un
mundo pagano desbordado de corrupción y desviaciones, vivían un
sentido de paciencia, tolerancia, comprensión. Algunos textos son
muy claros al respecto: se invita a reprender a los adversarios con
dulzura (cf. 2 Tm 2,25). O se exhorta: «Que no injurien a nadie ni sean agresivos, sino amables, demostrando una gran humildad con todo el mundo. Porque nosotros también antes […] éramos detestables» (Tt 3,2-3). El libro de los Hechos de los Apóstoles afirma que los discípulos, perseguidos por algunas autoridades, «gozaban de la estima de todo el pueblo» (2,47; cf. 4,21.33; 5,13).

240. Sin embargo, cuando reflexionamos acerca del perdón, de
la paz y de la concordia social, nos encontramos con una expresión
de Jesucristo que nos sorprende: «No piensen que vine a traer paz
a la tierra. ¡No vine a traer paz, sino espada! Vine a enfrentar al hijo
contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su
suegra y así, los enemigos de cada uno serán los de su familia» (Mt
10,34-36). Es importante situarla en el contexto del capítulo donde
está inserta. Allí queda claro que el tema del que se está hablando
es el de la fidelidad a la propia opción, sin avergonzarse, aunque
eso acarree contrariedades, y aunque los seres queridos se
opongan a dicha opción. Por lo tanto, dichas palabras no invitan a
buscar conflictos, sino simplemente a soportar el conflicto
inevitable, para que el respeto humano no lleve a faltar a la fidelidad
en pos de una supuesta paz familiar o social. San Juan Pablo II ha
dicho que la Iglesia «no pretende condenar todas y cada una de las
formas de conflictividad social. La Iglesia sabe muy bien que, a lo
largo de la historia, surgen inevitablemente los conflictos de
intereses entre diversos grupos sociales y que frente a ellos el
cristiano no pocas veces debe pronunciarse con coherencia y
decisión».223

Las luchas legítimas y el perdón

241. No se trata de proponer un perdón renunciando a los
propios derechos ante un poderoso corrupto, ante un criminal o
ante alguien que degrada nuestra dignidad. Estamos llamados a
amar a todos, sin excepción, pero amar a un opresor no es
consentir que siga siendo así; tampoco es hacerle pensar que lo
que él hace es aceptable. Al contrario, amarlo bien es buscar de
distintas maneras que deje de oprimir, es quitarle ese poder que no
sabe utilizar y que lo desfigura como ser humano. Perdonar no
quiere decir permitir que sigan pisoteando la propia dignidad y la de
los demás, o dejar que un criminal continúe haciendo daño. Quien
sufre la injusticia tiene que defender con fuerza sus derechos y los
de su familia precisamente porque debe preservar la dignidad que
se le ha dado, una dignidad que Dios ama. Si un delincuente me ha
hecho daño a mí o a un ser querido, nadie me prohíbe que exija
justicia y que me preocupe para que esa persona —o cualquier
otra— no vuelva a dañarme ni haga el mismo daño a otros.
Corresponde que lo haga, y el perdón no sólo no anula esa
necesidad sino que la reclama.

242. La clave está en no hacerlo para alimentar una ira que
enferma el alma personal y el alma de nuestro pueblo, o por una
necesidad enfermiza de destruir al otro que desata una carrera de
venganza. Nadie alcanza la paz interior ni se reconcilia con la vida
de esa manera. La verdad es que «ninguna familia, ningún grupo de
vecinos o una etnia, menos un país, tiene futuro si el motor que los
une, convoca y tapa las diferencias es la venganza y el odio. No
podemos ponernos de acuerdo y unirnos para vengarnos, para
hacerle al que fue violento lo mismo que él nos hizo, para planificar
ocasiones de desquite bajo formatos aparentemente legales».224 Así
no se gana nada y a la larga se pierde todo.

243. Es cierto que «no es tarea fácil superar el amargo legado
de injusticias, hostilidad y desconfianza que dejó el conflicto. Esto
sólo se puede conseguir venciendo el mal con el bien (cf. Rm 12,21)
y mediante el cultivo de las virtudes que favorecen la reconciliación,
la solidaridad y la paz».225 De ese modo, «quien cultiva la bondad en
su interior recibe a cambio una conciencia tranquila, una alegría
profunda aun en medio de las dificultades y de las
incomprensiones. Incluso ante las ofensas recibidas, la bondad no
es debilidad, sino auténtica fuerza, capaz de renunciar a la
venganza».226 Es necesario reconocer en la propia vida que
«también ese duro juicio que albergo en mi corazón contra mi
hermano o mi hermana, esa herida no curada, ese mal no
perdonado, ese rencor que sólo me hará daño, es un pedazo de
guerra que llevo dentro, es un fuego en el corazón, que hay que
apagar para que no se convierta en un incendio».227

La verdadera superación

244. Cuando los conflictos no se resuelven sino que se
esconden o se entierran en el pasado, hay silencios que pueden
significar volverse cómplices de graves errores y pecados. Pero la
verdadera reconciliación no escapa del conflicto sino que se logra
en el conflicto, superándolo a través del diálogo y de la negociación
transparente, sincera y paciente. La lucha entre diversos sectores
«siempre que se abstenga de enemistades y de odio mutuo,
insensiblemente se convierte en una honesta discusión, fundada en
el amor a la justicia».228

245. Reiteradas veces propuse «un principio que es
indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior
al conflicto. […] No es apostar por un sincretismo ni por la
absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano
superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las
polaridades en pugna».229 Sabemos bien que «cada vez que las
personas y las comunidades aprendemos a apuntar más alto de
nosotros mismos y de nuestros intereses particulares, la
comprensión y el compromiso mutuo se transforman […] en un
ámbito donde los conflictos, las tensiones e incluso los que se
podrían haber considerado opuestos en el pasado, pueden alcanzar
una unidad multiforme que engendra nueva vida».230

LA MEMORIA

246. A quien sufrió mucho de manera injusta y cruel, no se le debe exigir una especie de “perdón social”. La reconciliación es un hecho personal, y nadie puede imponerla al conjunto de una sociedad, aun cuando deba promoverla. En el ámbito estrictamente personal, con una decisión libre y generosa, alguien puede renunciar a exigir un castigo (cf. Mt 5,44-46), aunque la sociedad y su justicia legítimamente lo busquen. Pero no es posible decretar una “reconciliación general”, pretendiendo cerrar por decreto las heridas o cubrir las injusticias con un manto de olvido. ¿Quién se puede arrogar el derecho de perdonar en nombre de los demás? Es conmovedor ver la capacidad de perdón de algunas personas que han sabido ir más allá del daño sufrido, pero también es humano comprender a quienes no pueden hacerlo. En todo caso, lo que jamás se debe proponer es el olvido.

247. La Shoah no debe ser olvidada. Es el «símbolo de hasta
dónde puede llegar la maldad del hombre cuando, alimentada por
falsas ideologías, se olvida de la dignidad fundamental de la
persona, que merece respeto absoluto independientemente del
pueblo al que pertenezca o la religión que profese».231 Al recordarla,
no puedo menos que repetir esta oración: «Acuérdate de nosotros
en tu misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que,
como hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos
de esta máxima idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra
carne, esa carne que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con
tu aliento de vida. ¡Nunca más, Señor, nunca más!».232

248. No deben olvidarse los bombardeos atómicos a Hiroshima
y Nagasaki. Una vez más «hago memoria aquí de todas las víctimas,
me inclino ante la fuerza y la dignidad de aquellos que, habiendo
sobrevivido a esos primeros momentos, han soportado en sus
cuerpos durante muchos años los sufrimientos más agudos y, en
sus mentes, los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo
su energía vital. […] No podemos permitir que las actuales y nuevas
generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria
que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más
fraterno».233 Tampoco deben olvidarse las persecuciones, el tráfico
de esclavos y las matanzas étnicas que ocurrieron y ocurren en
diversos países, y tantos otros hechos históricos que nos
avergüenzan de ser humanos. Deben ser recordados siempre, una y
otra vez, sin cansarnos ni anestesiarnos.

249. Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta la página
diciendo que ya hace mucho tiempo que sucedió y que hay que
mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria,
no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa. Necesitamos
mantener «viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las
generaciones venideras el horror de lo que sucedió» que «despierta
y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la
conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo
de dominación y destrucción».234 Lo necesitan las mismas víctimas
—personas, grupos sociales o naciones— para no ceder a la lógica
que lleva a justificar las represalias y cualquier tipo de violencia en
nombre del enorme mal que han sufrido. Por esto, no me refiero
sólo a la memoria de los horrores, sino también al recuerdo de
quienes, en medio de un contexto envenenado y corrupto fueron
capaces de recuperar la dignidad y con pequeños o grandes gestos
optaron por la solidaridad, el perdón, la fraternidad. Es muy sano
hacer memoria del bien.

Perdón sin olvidos

250. El perdón no implica olvido. Decimos más bien que
cuando hay algo que de ninguna manera puede ser negado,
relativizado o disimulado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando
hay algo que jamás debe ser tolerado, justificado o excusado, sin
embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que por ninguna
razón debemos permitirnos olvidar, sin embargo, podemos
perdonar. El perdón libre y sincero es una grandeza que refleja la
inmensidad del perdón divino. Si el perdón es gratuito, entonces
puede perdonarse aun a quien se resiste al arrepentimiento y es
incapaz de pedir perdón.

251. Los que perdonan de verdad no olvidan, pero renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los ha perjudicado. Rompen el círculo vicioso, frenan el avance de las fuerzas de la destrucción. Deciden no seguir inoculando en la sociedad la energía de la venganza que tarde o temprano termina recayendo una vez más sobre ellos mismos. Porque la venganza nunca sacia verdaderamente la insatisfacción de las víctimas. Hay crímenes tan horrendos y crueles, que hacer sufrir a quien los cometió no sirve para sentir que se ha reparado el daño; ni siquiera bastaría matar al criminal, ni se podrían encontrar torturas que se equiparen a lo que pudo haber sufrido la víctima. La venganza no resuelve nada.

252. Tampoco estamos hablando de impunidad. Pero la justicia
sólo se busca adecuadamente por amor a la justicia misma, por
respeto a las víctimas, para prevenir nuevos crímenes y en orden a
preservar el bien común, no como una supuesta descarga de la
propia ira. El perdón es precisamente lo que permite buscar la
justicia sin caer en el círculo vicioso de la venganza ni en la injusticia
del olvido.

253. Cuando hubo injusticias mutuas, cabe reconocer con
claridad que pueden no haber tenido la misma gravedad o que no
sean comparables. La violencia ejercida desde las estructuras y el
poder del Estado no está en el mismo nivel de la violencia de
grupos particulares. De todos modos, no se puede pretender que
sólo se recuerden los sufrimientos injustos de una sola de las
partes. Como enseñaron los Obispos de Croacia, «nosotros
debemos a toda víctima inocente el mismo respeto. No puede
haber aquí diferencias raciales, confesionales, nacionales o
políticas».235

254. Pido a Dios «que prepare nuestros corazones al encuentro
con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua,
cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la
misericordia que cura las heridas de los errores, de las
incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con
humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero
fecundos, de la búsqueda de la paz».236

LA GUERRA Y LA PENA DE MUERTE

255. Hay dos situaciones extremas que pueden llegar a presentarse como soluciones en circunstancias particularmente dramáticas, sin advertir que son falsas respuestas, que no resuelven los problemas que pretenden superar y que en definitiva no hacen más que agregar nuevos factores de destrucción en el tejido de la sociedad nacional y universal. Se trata de la guerra y de la pena de muerte.

La injusticia de la guerra

256. «En el que trama el mal sólo hay engaño, pero en los que
promueven la paz hay alegría» (Pr 12,20). Sin embargo hay quienes
buscan soluciones en la guerra, que frecuentemente «se nutre de la
perversión de las relaciones, de ambiciones hegemónicas, de
abusos de poder, del miedo al otro y a la diferencia vista como un
obstáculo».237 La guerra no es un fantasma del pasado, sino que se
ha convertido en una amenaza constante. El mundo está
encontrando cada vez más dificultad en el lento camino de la paz
que había emprendido y que comenzaba a dar algunos frutos.

257. Puesto que se están creando nuevamente las condiciones para la proliferación de guerras, recuerdo que «la guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y los pueblos. Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental».238 Quiero destacar que los 75 años de las Naciones Unidas y la experiencia de los primeros 20 años de este milenio, muestran que la plena aplicación de las normas internacionales es realmente eficaz, y que su incumplimiento es nocivo. La Carta de las Naciones Unidas, respetada y aplicada con transparencia y sinceridad, es un punto de referencia obligatorio de justicia y un cauce de paz. Pero esto supone no disfrazar intenciones espurias ni colocar los intereses particulares de un país o grupo por encima del bien común mundial. Si la norma es considerada un instrumento al que se acude cuando resulta favorable y que se elude cuando no lo es, se desatan fuerzas incontrolables que hacen un gran daño a las sociedades, a los más débiles, a la fraternidad, al medio ambiente y a los bienes culturales, con pérdidas irrecuperables para la comunidad global.

258. Así es como fácilmente se opta por la guerra detrás de todo
tipo de excusas supuestamente humanitarias, defensivas o preventivas,
acudiendo incluso a la manipulación de la información. De hecho, en las
últimas décadas todas las guerras han sido pretendidamente
“justificadas”. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de la posibilidad
de una legítima defensa mediante la fuerza militar, que supone demostrar
que se den algunas «condiciones rigurosas de legitimidad moral».239 Pero
fácilmente se cae en una interpretación demasiado amplia de este
posible derecho. Así se quieren justificar indebidamente aun ataques
“preventivos” o acciones bélicas que difícilmente no entrañen «males y
desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar».240 La
cuestión es que, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas
y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que brindan las
nuevas tecnologías, se dio a la guerra un poder destructivo fuera de
control que afecta a muchos civiles inocentes. Es verdad que «nunca la
humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a
utilizarlo bien».241 Entonces ya no podemos pensar en la guerra como
solución, debido a que los riesgos probablemente siempre serán
superiores a la hipotética utilidad que se le atribuya. Ante esta realidad,
hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros
siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra!242

259. Es importante agregar que, con el desarrollo de la
globalización, lo que puede aparecer como una solución inmediata
o práctica para un lugar de la tierra, desata una cadena de factores
violentos muchas veces subterráneos que termina afectando a todo
el planeta y abriendo camino a nuevas y peores guerras futuras. En
nuestro mundo ya no hay sólo “pedazos” de guerra en un país o en
otro, sino que se vive una “guerra mundial a pedazos”, porque los
destinos de los países están fuertemente conectados entre ellos en
el escenario mundial.

260. Como decía san Juan XXIII, «resulta un absurdo sostener
que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado».243
Lo afirmaba en un período de fuerte tensión internacional, y así
expresó el gran anhelo de paz que se difundía en los tiempos de la
guerra fría. Reforzó la convicción de que las razones de la paz son
más fuertes que todo cálculo de intereses particulares y que toda
confianza en el uso de las armas. Pero no se aprovecharon
adecuadamente las ocasiones que ofrecía el final de la guerra fría
por la falta de una visión de futuro y de una conciencia compartida
sobre nuestro destino común. En cambio, se cedió a la búsqueda
de intereses particulares sin hacerse cargo del bien común
universal. Así volvió a abrirse camino el engañoso espanto de la
guerra.

261. Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal. No nos quedemos en discusiones teóricas, tomemos contacto con las heridas, toquemos la carne de los perjudicados. Volvamos a contemplar a tantos civiles masacrados como “daños colaterales”. Preguntemos a las víctimas. Prestemos atención a los prófugos, a los que sufrieron la radiación atómica o los ataques químicos, a las mujeres que perdieron sus hijos, a los niños mutilados o privados de su infancia. Prestemos atención a la verdad de esas víctimas de la violencia, miremos la realidad desde sus ojos y escuchemos sus relatos con el corazón abierto. Así podremos reconocer el abismo del mal en el corazón de la guerra y no nos perturbará que nos traten de ingenuos por elegir la paz.

262. Las normas tampoco serán suficientes si se piensa que la solución a los problemas actuales está en disuadir a otros a través del miedo, amenazando con el uso de armas nucleares, químicas o biológicas. Porque «si se tienen en cuenta las principales amenazas a la paz y a la seguridad con sus múltiples dimensiones en este mundo multipolar del siglo XXI, tales como, por ejemplo, el terrorismo, los conflictos asimétricos, la seguridad informática, los problemas ambientales, la pobreza, surgen no pocas dudas acerca de la inadecuación de la disuasión nuclear para responder eficazmente a estos retos. Estas preocupaciones son aún más consistentes si tenemos en cuenta las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales derivadas de cualquier uso de las armas nucleares con devastadores efectos indiscriminados e incontrolables en el tiempo y el espacio. […] Debemos preguntarnos cuánto sea sostenible un equilibrio basado en el miedo, cuando en realidad tiende a aumentarlo y a socavar las relaciones de confianza entre los pueblos. La paz y la estabilidad internacional no pueden basarse en una falsa sensación de seguridad, en la amenaza de la destrucción mutua o de la aniquilación total, en el simple mantenimiento de un equilibrio de poder. […] En este contexto, el objetivo último de la eliminación total de las armas nucleares se convierte tanto en un desafío como en un imperativo moral y humanitario. […] El aumento de la interdependencia y la globalización comportan que cualquier respuesta que demos a la amenaza de las armas nucleares, deba ser colectiva y concertada, basada en la confianza mutua. Esta última se puede construir sólo a través de un diálogo que esté sinceramente orientado hacia el bien común y no hacia la protección de intereses encubiertos o particulares».244 Y con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares, constituyamos un Fondo mundial,245 para acabar de una vez con el hambre y para el desarrollo de los países más pobres, de tal modo que sus habitantes no acudan a soluciones violentas o engañosas ni necesiten abandonar sus países para buscar una vida más digna.

La pena de muerte

263. Hay otra manera de hacer desaparecer al otro, que no se
dirige a países sino a personas. Es la pena de muerte. San Juan
Pablo II declaró de manera clara y firme que esta es inadecuada en
el ámbito moral y ya no es necesaria en el ámbito penal.246 No es
posible pensar en una marcha atrás con respecto a esta postura.
Hoy decimos con claridad que «la pena de muerte es
inadmisible»247 y la Iglesia se compromete con determinación para
proponer que sea abolida en todo el mundo.248

264. En el Nuevo Testamento, al tiempo que se pide a los
particulares no tomar la justicia por cuenta propia (cf. Rm 12,17.19),
se reconoce la necesidad de que las autoridades impongan penas a
los que obran el mal (cf. Rm 13,4; 1 P 2,14). En efecto, «la vida en
común, estructurada en torno a comunidades organizadas, necesita
normas de convivencia cuya libre violación requiere una respuesta
adecuada».249 Esto implica que la autoridad pública legítima pueda y
deba «conminar penas proporcionadas a la gravedad de los
delitos»250 y que se garantice al poder judicial «la independencia
necesaria en el ámbito de la ley».251

265. Desde los primeros siglos de la Iglesia, algunos se
manifestaron claramente contrarios a la pena capital. Por ejemplo,
Lactancio sostenía que «no hay que hacer ninguna distinción:
siempre será crimen matar a un hombre».252 El Papa Nicolás I
exhortaba: «Esfuércense por liberar de la pena de muerte no sólo a
cada uno de los inocentes, sino también a todos los culpables».253
Con ocasión del juicio contra unos homicidas que habían asesinado
a dos sacerdotes, san Agustín pedía al juez que no quitara la vida a
los asesinos, y lo fundamentaba de esta manera: «Con esto no
impedimos que se reprima la licencia criminal de esos malhechores.
Queremos que se conserven vivos y con todos sus miembros; que
sea suficiente dirigirlos, por la presión de las leyes, de su loca
inquietud al reposo de la salud, o bien que se les ocupe en alguna
tarea útil, una vez apartados de sus perversas acciones. También
esto se llama condena, pero todos entenderán que se trata de un
beneficio más bien que de un suplicio, al ver que no se suelta la
rienda a su audacia para dañar ni se les impide la medicina del
arrepentimiento. […] Encolerízate contra la iniquidad de modo que
no te olvides de la humanidad. No satisfagas contra las atrocidades
de los pecadores un apetito de venganza, sino más bien haz
intención de curar las llagas de esos pecadores».254

266. Los miedos y los rencores fácilmente llevan a entender las
penas de una manera vindicativa, cuando no cruel, en lugar de
entenderlas como parte de un proceso de sanación y de reinserción
en la sociedad. Hoy, «tanto por parte de algunos sectores de la
política como por parte de algunos medios de comunicación, se
incita algunas veces a la violencia y a la venganza, pública y
privada, no sólo contra quienes son responsables de haber
cometido delitos, sino también contra quienes cae la sospecha,
fundada o no, de no haber cumplido la ley. […] Existe la tendencia a
construir deliberadamente enemigos: figuras estereotipadas, que
concentran en sí mismas todas las características que la sociedad
percibe o interpreta como peligrosas. Los mecanismos de
formación de estas imágenes son los mismos que, en su momento,
permitieron la expansión de las ideas racistas».255 Esto ha vuelto
particularmente riesgosa la costumbre creciente que existe en
algunos países de acudir a prisiones preventivas, a reclusiones sin
juicio y especialmente a la pena de muerte.

267. Quiero remarcar que «es imposible imaginar que hoy los
Estados no puedan disponer de otro medio que no sea la pena
capital para defender la vida de otras personas del agresor injusto».
Particular gravedad tienen las así llamadas ejecuciones
extrajudiciales o extralegales, que «son homicidios deliberados
cometidos por algunos Estados o por sus agentes, que a menudo
se hacen pasar como enfrentamientos con delincuentes o son
presentados como consecuencias no deseadas del uso razonable,
necesario y proporcional de la fuerza para hacer aplicar la ley».256


268. «Los argumentos contrarios a la pena de muerte son muchos y bien conocidos. La Iglesia ha oportunamente destacado algunos de ellos, como la posibilidad de la existencia del error judicial y el uso que hacen de ello los regímenes totalitarios y dictatoriales, que la utilizan como instrumento de supresión de la disidencia política o de persecución de las minorías religiosas y culturales, todas víctimas que para sus respectivas legislaciones son “delincuentes”. Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad están llamados, por lo tanto, a luchar no sólo por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal que sea, y en todas sus formas, sino también con el fin de mejorar las condiciones carcelarias, en el respeto de la dignidad humana de las personas privadas de libertad. Y esto yo lo relaciono con la cadena perpetua. […] La cadena perpetua es una pena de muerte oculta».257

269. Recordemos que «ni siquiera el homicida pierde su
dignidad personal y Dios mismo se hace su garante».258 El firme
rechazo de la pena de muerte muestra hasta qué punto es posible
reconocer la inalienable dignidad de todo ser humano y aceptar que
tenga un lugar en este universo. Ya que, si no se lo niego al peor de
los criminales, no se lo negaré a nadie, daré a todos la posibilidad
de compartir conmigo este planeta a pesar de lo que pueda
separarnos.

270. A los cristianos que dudan y se sienten tentados a ceder
ante cualquier forma de violencia, los invito a recordar aquel
anuncio del libro de Isaías: «Con sus espadas forjarán arados» (2,4).
Para nosotros esa profecía toma carne en Jesucristo, que frente a
un discípulo cebado por la violencia dijo con firmeza: «¡Vuelve tu
espada a su lugar!, pues todos los que empuñan espada, a espada
morirán» (Mt 26,52). Era un eco de aquella antigua advertencia:
«Pediré cuentas al ser humano por la vida de su hermano. Quien
derrame sangre humana, su sangre será derramada por otro ser
humano» (Gn 9,5-6). Esta reacción de Jesús, que le brotó del
corazón, supera la distancia de los siglos y llega hasta hoy como un
constante reclamo.

CAPITULO OCTAVO

LAS RELIGIONES AL SERVICIO DE LA FRATERNIDAD EN EL MUNDO

271. Las distintas religiones, a partir de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hijo o hija de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad. El diálogo entre personas de distintas religiones no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia. Como enseñaron los Obispos de India, «el objetivo del diálogo es establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor».259

EL FUNDAMENTO ÚLTIMO

272. Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que «sólo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros».260 Porque «la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad».261

273. En esta línea, quiero recordar un texto memorable: «Si no
existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre
conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio
seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los
intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente
unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la
fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los
medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia
opinión, sin respetar los derechos de los demás. […] La raíz del
totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la
dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de
Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos
que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la
nación o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de un
cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría».262

274. Desde nuestra experiencia de fe y desde la sabiduría que
ha ido amasándose a lo largo de los siglos, aprendiendo también de
nuestras muchas debilidades y caídas, los creyentes de las distintas
religiones sabemos que hacer presente a Dios es un bien para
nuestras sociedades. Buscar a Dios con corazón sincero, siempre
que no lo empañemos con nuestros intereses ideológicos o
instrumentales, nos ayuda a reconocernos compañeros de camino,
verdaderamente hermanos. Creemos que «cuando, en nombre de
una ideología, se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba
por adorar ídolos, y enseguida el hombre se pierde, su dignidad es
pisoteada, sus derechos violados. Ustedes saben bien a qué
atrocidades puede conducir la privación de la libertad de conciencia
y de la libertad religiosa, y cómo esa herida deja a la humanidad
radicalmente empobrecida, privada de esperanza y de ideales».263

275. Cabe reconocer que «entre las causas más importantes
de la crisis del mundo moderno están una conciencia humana
anestesiada y un alejamiento de los valores religiosos, además del
predominio del individualismo y de las filosofías materialistas que
divinizan al hombre y ponen los valores mundanos y materiales en
el lugar de los principios supremos y trascendentes».264 No puede
admitirse que en el debate público sólo tengan voz los poderosos y
los científicos. Debe haber un lugar para la reflexión que procede de
un trasfondo religioso que recoge siglos de experiencia y de
sabiduría. «Los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un
significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora»,
pero de hecho «son despreciados por la cortedad de vista de los
racionalismos».265

276. Por estas razones, si bien la Iglesia respeta la autonomía de la política, no relega su propia misión al ámbito de lo privado. Al contrario, no «puede ni debe quedarse al margen» en la construcción de un mundo mejor ni dejar de «despertar las fuerzas espirituales»266 que fecunden toda la vida en sociedad. Es verdad que los ministros religiosos no deben hacer política partidaria, propia de los laicos, pero ni siquiera ellos pueden renunciar a la dimensión política de la existencia que implica una constante atención al bien común y la preocupación por el desarrollo humano
integral. La Iglesia «tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación» sino que procura «la promoción del hombre y la fraternidad universal».268 No pretende disputar poderes terrenos, sino ofrecerse como «un hogar entre los hogares —esto es la Iglesia—, abierto […] para testimoniar al
mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que Él ama con predilección. Una casa de puertas abiertas. La Iglesia es una casa con las puertas abiertas, porque es madre».269 Y como María, la Madre de Jesús, «queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad
[…] para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación».270

La identidad cristiana

277. La Iglesia valora la acción de Dios en las demás religiones, y «no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que […] no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres».271 Pero los cristianos no podemos esconder que «si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer».272 Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge «para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos».273

278. Llamada a encarnarse en todos los rincones, y presente
durante siglos en cada lugar de la tierra —eso significa “católica”—
la Iglesia puede comprender desde su experiencia de gracia y de
pecado, la belleza de la invitación al amor universal. Porque «todo lo
que es humano tiene que ver con nosotros. […] Dondequiera que se
reúnen los pueblos para establecer los derechos y deberes del
hombre, nos sentimos honrados cuando nos permiten sentarnos
junto a ellos».274 Para muchos cristianos, este camino de fraternidad
tiene también una Madre, llamada María. Ella recibió ante la Cruz
esta maternidad universal (cf. Jn 19,26) y está atenta no sólo a
Jesús sino también «al resto de sus descendientes» (Ap 12,17). Ella,
con el poder del Resucitado, quiere parir un mundo nuevo, donde
todos seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado
de nuestras sociedades, donde resplandezcan la justicia y la paz.

279. Los cristianos pedimos que, en los países donde somos
minoría, se nos garantice la libertad, así como nosotros la
favorecemos para quienes no son cristianos allí donde ellos son
minoría. Hay un derecho humano fundamental que no debe ser
olvidado en el camino de la fraternidad y de la paz; el de la libertad
religiosa para los creyentes de todas las religiones. Esa libertad
proclama que podemos «encontrar un buen acuerdo entre culturas
y religiones diferentes; atestigua que las cosas que tenemos en común son tantas y tan importantes que es posible encontrar un modo de convivencia
serena, ordenada y pacífica, acogiendo las diferencias y con la
alegría de ser hermanos en cuanto hijos de un único Dios».275

280. Al mismo tiempo, pedimos a Dios que afiance la unidad
dentro de la Iglesia, unidad que se enriquece con diferencias que se
reconcilian por la acción del Espíritu Santo. Porque «fuimos
bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Co
12,13) donde cada uno hace su aporte distintivo. Como decía san
Agustín: «El oído ve a través del ojo, y el ojo escucha a través del
oído».276 También urge seguir dando testimonio de un camino de
encuentro entre las distintas confesiones cristianas. No podemos
olvidar aquel deseo que expresó Jesucristo: «Que todos sean uno»
(Jn 17,21). Escuchando su llamado reconocemos con dolor que al
proceso de globalización le falta todavía la contribución profética y
espiritual de la unidad entre todos los cristianos. No obstante,
«mientras nos encontramos aún en camino hacia la plena
comunión, tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor
de Dios a su pueblo colaborando en nuestro servicio a la
humanidad».277

RELIGIÓN Y VIOLENCIA

281. Entre las religiones es posible un camino de paz. El punto
de partida debe ser la mirada de Dios. Porque «Dios no mira con los
ojos, Dios mira con el corazón. Y el amor de Dios es el mismo para
cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo
amor. Cuando llegue el último día y exista la luz suficiente sobre la
tierra para poder ver las cosas como son, ¡nos vamos a llevar cada
sorpresa!».278

282. También «los creyentes necesitamos encontrar espacios
para conversar y para actuar juntos por el bien común y la
promoción de los más pobres. No se trata de que todos seamos
más light o de que escondamos las convicciones propias que nos
apasionan para poder encontrarnos con otros que piensan distinto.
[…] Porque mientras más profunda, sólida y rica es una identidad,
más tendrá para enriquecer a los otros con su aporte específico».279
Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes
para concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al
prójimo, de manera que algunos aspectos de nuestras doctrinas,
fuera de su contexto, no terminen alimentando formas de desprecio,
odio, xenofobia, negación del otro. La verdad es que la violencia no
encuentra fundamento en las convicciones religiosas fundamentales
sino en sus deformaciones.

283. El culto a Dios sincero y humilde «no lleva a la discriminación, al odio y la violencia, sino al respeto de la sacralidad de la vida, al respeto de la dignidad y la libertad de los demás, y al compromiso amoroso por todos».280 En realidad «el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4,8). Por ello «el terrorismo execrable que amenaza la seguridad de las personas, tanto en Oriente como en Occidente, tanto en el Norte como en el Sur, propagando el pánico, el terror y el pesimismo no es a causa de la religión —aun cuando los terroristas la utilizan—, sino de las interpretaciones equivocadas de los textos religiosos, políticas de hambre, pobreza, injusticia, opresión, arrogancia; por esto es necesario interrumpir el apoyo a los movimientos terroristas a través del suministro de dinero, armas, planes o justificaciones y también la cobertura de los medios, y considerar esto como crímenes internacionales que amenazan la seguridad y la paz mundiales. Tal terrorismo debe ser condenado en todas sus formas y manifestaciones».281 Las convicciones religiosas sobre el sentido sagrado de la vida humana nos permiten «reconocer los valores fundamentales de nuestra humanidad común, los valores en virtud de los que podemos y debemos colaborar, construir y dialogar, perdonar y crecer, permitiendo que el conjunto de las voces forme un noble y armónico canto, en vez del griterío fanático del odio».282

284. A veces la violencia fundamentalista, en algunos grupos
de cualquier religión, es desatada por la imprudencia de sus líderes.
Pero «el mandamiento de la paz está inscrito en lo profundo de las
tradiciones religiosas que representamos. […] Los líderes religiosos
estamos llamados a ser auténticos “dialogantes”, a trabajar en la
construcción de la paz no como intermediarios, sino como
auténticos mediadores. Los intermediarios buscan agradar a todas
las partes, con el fin de obtener una ganancia para ellos mismos. El
mediador, en cambio, es quien no se guarda nada para sí mismo,
sino que se entrega generosamente, hasta consumirse, sabiendo
que la única ganancia es la de la paz. Cada uno de nosotros está
llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo,
extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del
diálogo y no levantando nuevos muros».283

LLAMAMIENTO

285. En aquel encuentro fraterno que recuerdo gozosamente, con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb «declaramos — firmemente— que las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas, del uso político de las religiones y también de las interpretaciones de grupos religiosos que han abusado —en algunas fases de la historia— de la influencia del sentimiento religioso en los corazones de los hombres. […] En efecto, Dios, el Omnipotente, no necesita ser defendido por nadie y no desea que su nombre sea usado para aterrorizar a la gente».284 Por ello quiero retomar aquí el llamamiento de paz, justicia y fraternidad que hicimos juntos:

«En el nombre de Dios que ha creado todos los seres humanos
iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha
llamado a convivir como hermanos entre ellos, para poblar la tierra y
difundir en ella los valores del bien, la caridad y la paz.
En el nombre de la inocente alma humana que Dios ha prohibido
matar, afirmando que quien mata a una persona es como si hubiese
matado a toda la humanidad y quien salva a una es como si hubiese
salvado a la humanidad entera. En el nombre de los pobres, de los
desdichados, de los necesitados y de los marginados que Dios ha
ordenado socorrer como un deber requerido a todos los hombres y
en modo particular a cada hombre acaudalado y acomodado.
En el nombre de los huérfanos, de las viudas, de los refugiados y de
los exiliados de sus casas y de sus pueblos; de todas las víctimas
de las guerras, las persecuciones y las injusticias; de los débiles, de
cuantos viven en el miedo, de los prisioneros de guerra y de los
torturados en cualquier parte del mundo, sin distinción alguna.
En el nombre de los pueblos que han perdido la seguridad, la paz y
la convivencia común, siendo víctimas de la destrucción, de la ruina
y de las guerras.
En nombre de la fraternidad humana que abraza a todos los
hombres, los une y los hace iguales.
En el nombre de esta fraternidad golpeada por las políticas de
integrismo y división y por los sistemas de ganancia insaciable y las
tendencias ideológicas odiosas, que manipulan las acciones y los
destinos de los hombres.
En el nombre de la libertad, que Dios ha dado a todos los seres
humanos, creándolos libres y distinguiéndolos con ella.
En el nombre de la justicia y de la misericordia, fundamentos de la
prosperidad y quicios de la fe. En el nombre de todas las personas
de buena voluntad, presentes en cada rincón de la tierra.

En el nombre de Dios y de todo esto […] “asumimos” la cultura del
diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el
conocimiento recíproco como método y criterio».285

286. En este espacio de reflexión sobre la fraternidad universal, me sentí motivado especialmente por san Francisco de Asís, y también por otros hermanos que no son católicos: Martin Luther King, Desmond Tutu, el Mahatma Mohandas Gandhi y muchos más. Pero quiero terminar recordando a otra persona de profunda fe, quien, desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos. Se trata del beato Carlos de Foucauld.

287. Él fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. En ese contexto expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano,y pedía a un amigo: «Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos».287 Quería ser, en definitiva, «el hermano universal».288 Pero sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos. Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros. Amén.